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Los 8 de marzo se han convertido en una jornada reivindicativa
por los derechos de las mujeres, y en especial, de las mujeres
trabajadoras. Acepté encantada la invitación de
ofrecer unas pocas reflexiones a propósito de esta fecha.
La relación de las mujeres y "el trabajo" y los
derechos y la ciudadanía, es una relación compleja
y también refleja una historia de exclusión. Por
eso es importante seguir reflexionando y seguir reivindicando
por los derechos de las trabajadoras que somos todas. El trabajo
parece ser el elemento más importante de inclusión
y definición en las sociedades capitalistas actuales: si
no tienes trabajo, no vales nada. Y en parte esto es lo que nos
ha pasado a las mujeres mucho tiempo, que como lo que hacemos
no se reconoce como trabajo, no valemos nada. En muchos países
lo más que se ha conseguido es una ciudadanía laboral
en el sentido de que los derechos van asociados al trabajo y esto
se ha hecho excluyendo a las mujeres y las actividades que las
mujeres realizamos en la mayoría de sociedades, que son
actividades de cuidado. Por eso, una de las estrategias feministas
que se han desarrollado y es importante creo rescatar hoy ha sido
insistir (y reconceptualizar) en que lo que las mujeres hacemos
es trabajo; que el trabajo de cuidado es trabajo, que la producción
afectivo-sexual es trabajo. Por muchísimas razones. El
ejemplo paradigmático de la exclusión hoy en día
creo que es el trabajo sexual y voy a señalar brevemente
algunas razones por las que debe ser considerado como trabajo.
En los años '70 los movimientos en defensa de los derechos
de las prostitutas en Estados Unidos y Europa empezaron a hablar
de trabajo sexual. Hoy en día, las reivindicaciones aparejadas
a este concepto se defienden por asociaciones de la India, de
América Latina, de partes de África... de modo que
podría hablarse de redes globales de organización
y reivindicación por los derechos de las trabajadoras del
sexo (Kempadoo 1998, p.2). Frente a esta posibilidad, se alza
el discurso, potente entre determinadas organizaciones y versiones
feministas (perfectamente útil para los estados europeos
y su pretensión de controlar la migración de mujeres),
que considera que hablar de trabajo significaría
tanto como legitimar el dominio y la explotación sexual
de las mujeres por parte de los hombres. Más que explicar
esta idea vinculada al abolicionismo, quiero explicar razones,
incluso pragmáticas, para cambiar de perspectiva y hablar
de trabajo sexual (vid. Mestre 2004).
Creo que existen poderosas razones para dejar de hablar de prostitución
y hablar de trabajo sexual. La primera de ellas es que muchas
mujeres trabajadoras así lo prefieren y así se definen,
y forma parte de su estrategia de mejora de vida el reivindicar
que "su actividad económica", su principal fuente
de ingresos, es trabajo. Me parece además importante porque
establece un vínculo claro entre este tipo de trabajo y
su negación, y el resto de trabajos asignados a las mujeres.
Es decir, hablar de trabajo sexual, además de resaltar
el hecho de que se trata de una actividad que genera ingresos
a partir de los cuales muchas mujeres (y hombres) viven (Kempadoo
1998, p. 3-4), vincula las luchas por los derechos de las trabajadoras
del sexo a una historia común a las mujeres y de las mujeres.
Así, por un lado, permite cerrar la división entre
buenas y malas mujeres, putas y decentes (I. Holgado), que ha
disciplinado a las mujeres. Por otro, nos ayuda a entender cómo
esa división es fundamental para afianzar una ciudadanía
sexuada que excluye a las mujeres y sus trabajos. Como veremos,
el proceso de construcción de la ciudadanía en términos
laborales ha supuesto la negación de los trabajos emocionales
y de cuidado asignados a las mujeres, especialmente en el ámbito
doméstico. Cuando además esos trabajos se comercializan,
el derecho no sabe muy bien cómo gestionarlos sin seguir
creando la diferencia y sin seguir tratándolos como trabajos
de mujeres en lo privado.
En segundo lugar, si no analizamos la prostitución en
términos estrictamente de explotación sexual de
las mujeres y actos de dominio patriarcal per se, y
la integramos en un entramado de estructuras de dominación,
podemos resaltar que, en tanto que estructuras de dominio permiten
márgenes de resistencia y redefinición que son aprovechadas
por los actores. El trabajo sexual incluye muchas actividades
(desde teléfonos eróticos y pornografía hasta
prostitución de calle o en clubs), y es una forma genérica
de referirse a la comercialización de servicios sexuales.
La "industria sexual" es el entramado de organizaciones,
propietarios, trabajadores, empleados, managers etc. implicados
en empresas de comercialización de servicios sexuales (Weitzer
2000, p.3). La variedad del trabajo (no sólo en el "tipo"
sino también en lo que se refiere a protección de
la trabajadora, status social, control sobre el trabajo, experiencias
en relación al trabajo que realiza, ajuste, etc.) recomienda
no realizar generalizaciones. Dentro de la industria las personas
se posicionan de manera diferente tanto por actividad (algunas
actividades se parecen más a lo que entendemos por prostitución;
otras no implican contacto alguno con el cliente; otras son de
apoyo
.) como por diversas jerarquías y relaciones
de poder (edad, etnia, procedencia, género
), y explicar
todo como "explotación sexual de las mujeres"
parece en extremo reductor. De modo que lo importante, incluso
-o sobre todo- desde el feminismo, es no solo modificar las condiciones
de trabajo sino resaltar la capacidad de agencia de las mujeres
implicadas y apoyar sus luchas porque a través de estas
estrategias de apoyo se desenmascaran estructuras de dominio y
opresión más complejas. Sin ignorar el hecho de
que la industria del sexo existe en el marco de estructuras patriarcales,
se trata de que nos centremos en las vivencias y necesidades -materiales,
de respeto, de autonomía y protección jurídica,
por ejemplo- de las trabajadoras (Agustín 2003, p.11).
En tercer lugar, hablar de trabajo permite hablar del
trabajo sexual como una relación social capitalista, no
porque el capitalismo cause la prostitución sino porque
el capitalismo mercantiliza la fuerza de trabajo, incluido el
trabajo sexual y en esta estructura puede darse -y se da- la explotación
como en cualquier otro tipo de trabajo. En este marco pueden entenderse
mejor los cambios que la globalización ha introducido en
la industria del sexo y las luchas de las trabajadoras por el
reconocimiento de sus derechos y la mejora de las condiciones
laborales sin ser acusadas de falsa conciencia. Como señalan
N. Wonders y R. Michalowski (2001) la globalización como
etapa de capitalismo exacerbado ha supuesto, para lo que aquí
nos interesa, un incremento sin precedentes de la movilidad de
(bienes, información, finanzas), servicios y personas a
través de las fronteras. El movimiento de personas toma
fundamentalmente dos formas: turismo y migración y ambas
reestructuran la industria del sexo. Los autores analizan las
fuerzas globales que estructuran la producción y consumo
de turismo sexual globalizado a través del turismo y la
migración. Por supuesto la globalización ha supuesto
la desestructuración de muchas sociedades emisoras de migrantes
y ha incrementado las desigualdades norte/sur impulsando así,
la migración. De hecho, la migración de muchas mujeres
(para trabajar en la industria del sexo o en otros trabajos) representa
una estrategia de resistencia a las condiciones económicas
impuestas por el nuevo orden mundial. Pero los cambios introducidos
por la globalización también han abierto posibilidades
de conocimiento y movimiento en el sur. Las personas no migran
única y exclusivamente por razones económicas, sino
que hay también una necesidad y curiosidad por conocer
mundo: no hay que ser del norte para ser cosmopolita (L. Agustín
2003, p. 133-35).
Por último, hablar de prostitución como explotación
sexual de las mujeres por parte de los hombres no nos permite
hoy en día dar cuenta de la mayoría de cosas y situaciones
que están ocurriendo en la industria; ni del trabajo sexual
de hombres y trans; de que la mayoría de trabajadores del
sexo en Europa sean migrantes, de cómo la industria del
sexo se ha transformado en las últimas décadas y
con la globalización; de por qué la demanda se centra
en otr@s racializa@s y exotizad@s o de por qué la
industria (incluidas las demandas de los empresarios) está
tan conectada a las políticas migratorias. Si asumimos
que el trabajo sexual es trabajo (y no explotación sexual)
entonces migrar para trabajar en la industria del sexo puede ser
analizado en términos de migración (regular/ irregular:
canalizada por el estado o autónoma) de trabajadores para
trabajar en sectores desregularizados, o en actividades informales
y por tanto no muy diferente de otras actividades a las que los
y las migrantes tienen acceso ni en condiciones muy diferentes;
pensemos en el trabajo doméstico o en la agricultura.
Estas razones creo que son lo suficientemente importantes como
para tomarnos en serio el esfuerzo de redefinición que
se ha hecho en los siguientes términos: si por trabajo
cabe entender toda actividad humana dirigida a satisfacer las
necesidades básicas para producir y reproducir la vida
humana, las actividades sexuales o que implican la utilización
de energías sexuales son trabajo puesto que están
dirigidas a cubrir las necesidades humanas de (procreación
y) placer (Troung 1989 citada por Kempadoo 1998, p.4). Así,
el trabajo sexual es una forma de trabajo emocional, que requiere
y comercializa cuidado. En este sentido, al igual que hemos afirmado
(con mayor o menor éxito) que el cuidado de ancianos y
niños es trabajo o que el trabajo doméstico es trabajo
que puede ser comercializado, podemos afirmar que el trabajo sexual
es trabajo. El hecho de que sea trabajo emocional puede ser visto
desde varias perspectivas. Por ejemplo, para O'Neil y Barberet
(2000, p.133) el trabajo emocional es uno de los aspectos más
relevantes en la interacción entre las trabajadoras sexuales
y sus clientes y va dirigido no sólo a suavizar y prevenir
situaciones desagradables o violentas o a hacer bien su trabajo
demostrando atención, sino también a crear la distancia
necesaria y la separación entre su trabajo y su vida, a
crear distancia emocional y desarrollar un sentido de profesionalidad.
La necesidad de crear la distancia emocional con el trabajo que
se realiza es en muchos casos un indicar de que el trabajo que
se realiza es trabajo emocional o contiene una dosis fuerte de
emocionalidad; del mismo modo, el grado de profesionalidad que
se alcanza se puede medir con la capacidad de crear esa distancia
(Hoschild 2003).
Podríamos decir que los trabajos de cuidado comparten
tres características: (1) han sido desde siempre asignados
a las mujeres y (2) se realizan en y desde el ámbito privado-doméstico
y (3) no se consideran realmente trabajos que sean base suficiente
para la titularidad de derechos. El ámbito privado-doméstico,
es, domo decía Arendt en La condición humana
(1954), el ámbito de las necesidades, donde se lleva a
cabo la producción afectivo-sexual. Estos trabajos de cuidado
de las mujeres en lo privado/doméstico comprenden la satisfacción
de las necesidades materiales, emocionales, reproductivas y de
placer (de los miembros) de la unidad familiar; y las necesidades
sexuales del marido. Cuando estas actividades casi íntimas
se mercantilizan, se quedan en una línea poco clara entre
trabajo formal o informal, porque nuestra comprensión de
lo que es trabajo (y lo que no es) está fuertemente marcada
por la división público/ privado. Tanto si estas
actividades las realiza la esposa como si las realiza una trabajadora,
quedan fuera del ámbito de lo que consideramos trabajo.
En realidad, el exigir que se hable de trabajo sexual y del reconocimiento
del trabajo sexual implica haber comprendido perfectamente en
base a qué podemos pedir en esta sociedad que se nos tome
en cuenta y se nos reconozcan derechos. Implica haber entendido
que la plataforma para pedir la inclusión sigue siendo
el trabajo. Pero también implica ser conscientes de que
la ciudadanía en términos laborales ha requerido
excluir los trabajos de las mujeres y trazar una línea
divisoria entre buenas y malas mujeres, donde las malas son las
mujeres autónomas sexual y económicamente.
Bibliografía
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los trabajadores sexuales", Ofrim Suplementos, Primavera:
Madrid, p.1-12.
- KEMPADOO, K. (1998): "Introduction: Globalizing Sex Workers
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Routledge, p. 1-28.
- MESTRE I MESTRE, R. (2004): "Las caras de la prostitución
en el estado español: entre la ley de extranjería
y el código penal", en R. Osborne (ed.): Trabajador@s
del sexo. Derechos, migraciones y tráfico en el S.XXI,
Edicions Bellaterra, Barcelona.
- O'NEIL, M. Y R. BARBERET (2000): "Victimization and the
Social Organization of Prostitution in England and Spain"
en WEITZER, R., (ed.): Sex for Sale. Prostitution, Pornography
and the Sex Industry, New York, London: Routledge, p. 123-137.
- EHRENREICH, B. & A. R. HOCHSCHILD, (eds.), Global Woman.
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- WEITZER, R. (2000): "Why We Need More Research On Sex Work",
en WEITZER, R., ed., (2000): Sex for Sale. Prostitution, Pornography
and the Sex Industry, New York, London: Routledge, p. 1-13.
- WONDERS, N. & MICHALOWSKI, R. (2001): "Bodies, Borders,
and Sex Tourism in a Globalized World: A Tale of two Cities- Amsterdam
and Havana" en SOCIAL PROBLEMS, Vol. 48, No.4, pp.545-571.
*Ruth Mestre i Mestre.
Doctora en Filosofía del derecho por Marie Curie Fellow,
CRER, University of Warwick. Máster en Teoría del
Derecho y en sociología jurídica. Licenciada en
Derecho por la Universidad de Valencia. Este texto es un fragmento
modificado del artículo "Hilando fino: Migraciones
autónomas de mujeres para trabajar en la industria del
sexo", de Ruth M. Mestre i Mestre (Universitat de València),
que saldrá publicado en la obra colectiva coordinada por
Andrés Pedreño Cánovas: La Murcia inmigrante
(Universidad de Murcia).
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