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Sí, pero no...
"...Sí, renuncio, pero dejo la decisión
en manos del Parlamento...". ¿Renuncia?, ¿chantaje?,
¿reality show?, ¿dribling político?,
¿espacio de auto-reflexión?
"...Sí renuncio, pero la decisión está
en usted, usted y usted ciudadana, ciudadano...". ¿Es
la apelación a la individualidad un nuevo modo de hacer
política basado en la exaltación de las emociones?,
¿o son licencias propias de gobiernos sin ataduras reglamentarias
con partidos políticos?
¿Qué mismo significa el anuncio de renuncia no
irrevocable a su cargo de Presidente de la República de
Bolivia realizado la noche del domingo 6 de marzo por don Carlos
D. Mesa? ¿Cuáles son los entretelones de esta historia
cuyo desenlace, aún siendo previsible, puso en ascuas a
un país en el que lo impredecible es el rumbo de su sistema
político?
La renuncia representa muchas cosas a la vez. Por una parte,
es un hecho sin precedentes en la joven democracia boliviana que
no está acostumbrada a formas representativas caracterizadas
por la figura de un presidente sin partido y con una incipiente
representación parlamentaria lograda a fuerza de juntar
disidentes de diversas fuerzas políticas. En este marco
se entiende por qué la renuncia se prestó a su comprensión
al mismo tiempo como posible expresión de narcisismo (para
la oposición), y/o de ingenuidad (para los que todavía
ven en el Presidente al periodista y no al político), y/o
de extrema habilidad política (para sorpresa de todos).
Como fuera, la medida ha tenido la capacidad de poner en cuestionamiento
la dinámica corporativista de reivindicaciones demandadas
a fuerza de marchas y bloqueos de caminos. En realidad, y acaso
ésta sea la expresión más evidente, la renuncia
logró cambiar el escenario, o como se dice en las calles,
Mesa pateó el tablero, puesto que la coyuntura que se pintaba
al calor de una agenda en la que prevalecían temas como
la soberanía, la nacionalización y las autonomías
regionales demandándose con movilizaciones en las calles
y carreteras, adquirió otra razón de ser: la figura
del presidente encaramada como condición de existencia
de la democracia.
Entre otra de sus caracterizaciones, el anuncio de renuncia ha
removido los sentimientos de la población urbana sacándola
de su modorra acostumbrada a seguir la política en las
pantallas de televisión, para ponerla en las plazas públicas,
donde agitando pañuelos blancos desplegó pancartas
de apoyo a Mesa y cantó estribillos contra Evo Morales.
Asimismo, el anuncio de la renuncia ha generado una situación
de inestabilidad y de fragilidad que muestra que las intolerancias
no están echas de papel sino de la búsqueda de proyectos
de sociedad distintos. Mesa, equilibrista hasta ahora de una política
equidistante de moros y cristianos, decide claramente alejarse
de las trincheras nacionalizadoras de los movimientos sociales
y afincarse en los souvenirs privatizadores de las propuestas
empresariales nacionales y transnacionales.
La amenaza de la renuncia atribuida a la actitud intolerante
de los movimientos sociales ha obligado a los líderes de
las organizaciones populares a aclarar que lo que buscan es la
salida de las transnacionales y no del presidente Mesa. En realidad,
nadie le pidió que se vaya, el lo decidió solito.
El escenario de la renuncia
Pasados los carnavales, al menos una veintena de movimientos
sociales distintos se dispersaron en el país con una variedad
de expresiones y de demandas, causando la misma reacción
que los cazabobos extendidos en un campo minado: destruir y cortar
los accesos. Se dice que, en teoría, hay sólo tres
alternativas para superarlos: la primera, agotarlos a fuerza de
reventarlos aunque se destruyan vidas (esta fórmula la
vivimos con el depuesto presidente Sánchez de Lozada);
la segunda, pasar sin provocarse un rasguño al estilo Rambo
(fórmula vista sólo en las películas); y
la tercera, desactivarlos antes que hagan daño. Entre estas
opciones, don Carlos D. Mesa optó por la tercera, con una
fórmula condenatoria de los campos minados, en este caso
de las movilizaciones sociales, criminalizando sus formas de protesta.
Bolivia es un país en el que las demandas se transforman
rápidamente en conflicto, en parte por la generalización
de una cultura de la intolerancia, y en parte también porque
ante la ausencia de interlocuciones y formas de diálogo,
a los movimientos sociales no les queda sino la alternativa de
la protesta para ser incluidos en las políticas públicas.
Paralelamente, en parte por las carencias típicas de uno
de los países con mayor déficit de desarrollo humano,
y en parte también por incapacidad de los gobernantes de
turno, las respuestas gubernamentales por lo general han sido
complacientes con las demandas hechas conflicto, aunque más
con la finalidad de frenar las protestas que midiendo las consecuencias
de lo que se compromete. Esta es una de las razones para la vigencia
de un mal endémico en las gestiones gubernamentales: la
ingobernabilidad, o la falsa imagen de que Bolivia es un país
ingobernable.
El gobierno de Carlos D. Mesa no es la excepción a la
regla. Hasta ahora, en su afán de estar bien con todas
las aristas de la sociedad, y en su necesidad de apoyarse los
primeros meses de su gobierno en los movimientos sociales que
lo hicieron presidente después de la rebelión de
octubre 2003, y en obediencia a un pacto indeterminado con el
MAS de Evo Morales, se ha dotado de una imagen de debilidad y
de escasa gobernabilidad. A decir verdad, ha sido fácil
torcerle el brazo a fuerza de marchas y bloqueos.
Una de las respuestas complacientes sin previsión de las
consecuencias, ocurrió el 12 de enero reciente, cuando
Carlos D. Mesa, presionado por un paro furibundo de las Juntas
Vecinales de la ciudad de El Alto firma el DS 27973, por el que
se rescinde contrato con Aguas del Illimani, la empresa francesa
que usufructúa el agua en las ciudades de La Paz y El Alto.
Curiosamente, cuando pasados los carnavales la FEJUVE (Federación
de Juntas Vecinales de El Alto) exige el cumplimiento del decreto
pidiendo la expulsión inmediata de la transnacional, el
gobierno califica de irracional la demanda porque implicaría
pagar cerca de 67 millones de dólares, razón por
la que propone la alternativa de una Empresa Mixta, que incluye
a Aguas del Illimani, por supuesto. En este tire y afloje, la
FEJUVE dispone a sus asociados tomarse las calles de la ciudad
y cercar la sede de gobierno con una estrategia de anillo envolvente
que hace imaginar otra vez al gigante aymara desperezándose.
Y entonces la ciudad de La Paz, vecina de El Alto se llena de
pánico, inunda y vacía los mercados y se devanea
en colas desordenadas en las gasolineras. Y como el gobierno tiene
como sede La Paz, por supuesto que se siente presionado. ¿No
calculó acaso antes don Carlos D. Mesa que El Alto iba
a exigir el cumplimiento del decreto que él mismo firmó
y justificó con un discurso basado en la soberanía?
¿Será verdad lo que dicen las autoridades de gobierno
sobre que el interés real de la FEJUVE es echar una transnacional
y no dotarse de un mejor servicio de agua?
El otro movimiento que pintó la coyuntura de aires de
sublevación, son los bloqueos de carreteras en distintos
puntos del país, incluyendo la toma de algunos pozos petroleros,
para demandar la aprobación de una Ley de Hidrocarburos
que recoja el sentimiento boliviano de recuperación soberana
de los recursos estratégicos. Estos bloqueos fueron la
reacción del MAS a la decisión del Parlamento de
aprobación de un artículo de la Ley de Hidrocarburos
que fija un régimen tributario que entre regalías
(18%) e impuesto complementario a los hidrocarburos (32%), el
Estado tiene una hipotética participación total
del 50% por la explotación de hidrocarburos. El pero a
esta medida radica en que el impuesto complementario a los hidrocarburos
(ICH) es progresivo y su pago está sujeto a descuentos,
alícuotas y otros juegos contables que lo reducen a mínimas
expresiones monetarias, agravadas más aún porque
el monto de la ganancia lo fijan las empresas petroleras. Para
decirlo en palabras más claras, lo real es que existe un
tributo del 18%, el mismísimo porcentaje que contenía
la ley de Goni Sánchez de Lozada, y que el pueblo boliviano
combatió en las calles. En contraposición, la propuesta
de la Comisión Económica del Parlamento (multipartidaria),
establece un pago directo del 50% de regalías. En términos
monetarios, con el 50% de regalías, del ingreso estimado
de mil millones cuatrocientos mil dólares que se obtienen
por la venta de hidrocarburos anualmente, el país se estaría
asegurando setecientos mil millones. En cambio el 18% asegura
tan sólo doscientos veinte mil, dejando la realización
del restante 32% a la posibilidad de un juego de ruleta.
Este es el contexto que don Carlos D. Mesa calificó como
ingobernable. Argumentó que los bloqueos representan un
proceso por el cual el país caminaba a un punto muerto
de resolución de sus problemas, y que de continuarse podrían
haberse convertido en "una irreversible espiral de intolerancia
que se tejía progresivamente desde sectores radicales que
optaron por la vía de la presión, la violencia y
el bloqueo". Su justificación de intervención
en este contexto se afincó en la lectura y características
de los bloqueos, y dejó expresamente de lado las razones
o contenidos de estos movimientos, razón de ser real de
las demandas de esta coyuntura y de otras que empiezan ya a entretejerse.
El sinceramiento del Presidente
En su Mensaje a la Nación de la noche del domingo 6 de
marzo en que anuncia su renuncia, Carlos D. Mesa se sincera consigo
mismo y con el país. Acaso la ganancia del mensaje y lo
que éste provoca, haya sido la posibilidad de ubicar al
presidente en el lugar que quiere ocupar, más allá
de sus esfuerzos centristas que lo tenían en el mismo nivel
de equidistancia con la oligarquía y con los sectores populares.
Por este sistema de gobierno era evidente la ausencia de una hegemonía
gubernamental en el Estado, dándose en contrapartida el
predominio de una anomia política en la que el Poder Ejecutivo
aparece desfasado del Legislativo (o al revés) y ambos
del Judicial.
Sin embargo, en esta anomia política, Mesa tuvo sus mejores
aliados en los movimientos sociales que depositaron en él
la esperanza de realizar su "Agenda de Octubre", e indudablemente,
Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS), fueron el sostén
político de sus principales medidas. Para un presidente
sin partido habría sido imposible viabilizar un solo proyecto
sin la presencia aliada del MAS a su lado. Por eso su sinceramiento
tiene visos de traición para la percepción de las
organizaciones populares, y mínimamente de deslealtad para
quienes lo sostuvieron en un gobierno sin hegemonía política.
La renuncia de Mesa tiene un sentido básico: el de querer
sentar legitimidad deslegitimando a otros. Y estos otros tienen
una figura simbólica: los bloqueos, y otra figura orgánica:
Evo Morales y el MAS, sus ex aliados. Entre los puntos diferenciadores
con el líder cocalero, Carlos D. Mesa hace referencia principalmente
al tema de los hidrocarburos que lo enmarca en una política
del miedo, subrayando que "la Ley de Hidrocarburos que
plantea Evo Morales es una ley inviable e imposible
la comunidad
internacional no acepta, las empresas petroleras van a llevar
al arbitraje". Y para asentar más en las mentes
indecisas la psicosis del temor en un país dependiente
que vive en gran parte de la deuda externa vía cooperación
internacional concluye en que "Estados Unidos puede marcar
la imposibilidad de llevar adelante su ayuda, la Unión
Europea puede generar una visión de ponerle una suerte
de congeladora al país (la Ley con el 50% de regalías)
pondría a Bolivia en una situación de interdicto
en el plano internacional". Es decir que, si Carlos D.
Mesa siguiese articulado a un pacto con Evo Morales, se estaría
haciendo cómplice de un país no viable.
También tuvo palabras para Abel Mamani el líder
de la FEJUVE - El Alto, diciéndole "usted quiere
que yo a su lado le pegue una patada en el trasero a Aguas del
Illimani, no lo voy a hacer". Pero volviendo a su habitual
ubicación en el medio de la tormenta que lo pone bien con
Dios y con el diablo dice que "
firmé un decreto
que establecía su salida, así que no le cuente a
los alteños que el Presidente está a favor de Aguas
del Illimani
". Y asentándose en su lógica
de sinceramiento le interroga al líder alteño: "¿usted
le va a pagar a Aguas del Illimani cuando nos haga juicio por
USD 50 millones?, ¿va a pagar los USD 17 millones que en
los próximos días tendríamos que pagarle
al Banco Mundial?". Criminalización de la protesta,
realismo miedoso de país dependiente, apego a los compromisos
de la capitalización, todo junto en estas palabras.
También tuvo sus palabras de demanda para los grupos oligárquicos
del Oriente boliviano, que semanas antes protagonizaron un inédito
movimiento empresarial que demandó autonomías regionales
y logró de parte del gobierno el compromiso para convocar
a elecciones de Prefectos y referéndum sobre autonomías.
En su forma magistral de plantear las cosas, reflexiona don Carlos
D. Mesa: "Muy buena es la élite cruceña
para plantearle al Presidente autonomías y, cuando yo planteé
la autonomía de la salud y la educación, ustedes
después me despellejaron, diciendo que yo soy enemigo de
Santa Cruz, me voltearon la espalda cuando yo les pedí,
apóyenme". Será por eso que el Presidente
buscó esta vez su apoyo en el Parlamento, el espacio político
más deslegitimado, y al cual no le dedicó más
frases que el recuerdo de su rol Constitucional y una especie
de sentencia alertiva en el cierre de su mensaje: "El
Congreso Nacional que lo representa a usted, ciudadana y ciudadano
de Bolivia definirá el tema, yo quiero expresarle a usted,
que es ante usted, ante la consideración suya, que presento
mi renuncia a la Presidencia de Bolivia". Se compromete
al Parlamento convocando a una envolvente vigilia ciudadana ganada
emocionalmente.
Destacándose en un concepto que Mesa sabe que se lo otorga
la ciudadanía, refuerza dos elementos: su amor por Bolivia:
"he hecho todo lo mejor que en mi entender, mi corazón
y mi espíritu me han permitido hacer,
he comprometido
todo lo que tengo como ser humano,
para construir una Bolivia
mejor
"; y su apego a la paz y negación de
la violencia: "yo he hecho un compromiso el 13 de octubre
de 2003, no estoy dispuesto a matar y, debo decir algo bien clarito,
no voy a poner a las Fuerzas Armadas, ni a la Policía Nacional
a desbloquear". Lo primero le valió un espontáneo
movimiento de adherentes que sin duda han incrementado su popularidad
que nunca bajó del 60%; y lo segundo pone al país
en una disyuntiva delicada, que sean algunos ciudadanos que se
enfrenten a otros ciudadanos para recuperar la transitabilidad
de las calles y carreteras.
Cuatro caminitos
La salida a los vaivenes de la renuncia era absolutamente predecible,
estaba implícita en los mensajes de un Presidente que en
verdad no quería irse, sino crearse otras condiciones para
quedarse. De cualquier manera, distintos escenarios eran posibles
a partir de dos grandes posibilidades dadas por la aceptación
o rechazo a la renuncia en el Parlamento, ese espacio inoperante
con el que el Presidente no pudo nunca antes ponerse de acuerdo
y con el que, paradójicamente, buscó ahora consolidarse
en un nuevo look gubernamental.
La posibilidad de la aceptación de la renuncia contenía
a su vez otros dos escenarios de salidas constitucionales posibles.
Uno de ellos, la sucesión constitucional, que tenía
como primera posibilidad que asuma la presidencia el presidente
de la Cámara de Senadores, don Hormando Vaca Diez, militante
del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria y fuertemente resistido
por los movimientos sociales. En el caso supuesto que esta alternativa
no se realizara, quedaba como segunda posibilidad la sucesión
en manos del presidente de la Cámara de Diputados, don
Mario Cossío, militante del Movimiento Nacionalista Revolucionario
(MNR), el partido del ex - presidente Gonzalo (Goni) Sánchez
de Lozada. Ambas posibilidades, si bien gozaban de legalidad carecían
de legitimidad porque dejaban al país en los mismos partidos
del gobierno gonista que antecedió a la subida de Carlos
D. Mesa.
En el caso que estas dos posibilidades no funcionaran, quedaba
la posibilidad de la asunción del presidente del Poder
Judicial, cuya función transitoria consistiría fundamentalmente
en la convocatoria a elecciones generales en el plazo de seis
meses. Esta posibilidad gozaba de la simpatía de distintos
frentes y analistas, que afirmaban que era más viable empezar
de nuevo que reposicionar a un Presidente debilitado.
Pero quedaban aún dos escenarios posibles más,
resultantes de la posibilidad de un rechazo en el Parlamento a
la renuncia del Presidente. Un escenario posible podría
haber pasado por un fortalecimiento del régimen sin condiciones,
dejándole el territorio abierto para realizar sus propuestas,
expresadas con claridad -como nunca antes- en el discurso de renuncia,
en el sentido de respetar los compromisos de la capitalización
expresados en contratos con empresas transnacionales. Pero el
escenario ideal para las expectativas gubernamentales era el que
se diseñaba a partir de un gran pacto político y
social nacional, establecido en base a acuerdos mínimos
que a título de hacer viable el país suponían
que los movimientos sociales resignen sus demandas y adopten las
propuestas del gobierno poco diferentes de las de los partidos
tradicionales.
Ocurre el escenario previsible, el del pacto, aunque Mesa tuvo
que resignarse a que el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP),
el Movimiento al Socialismo (MAS) y el Movimiento de la Izquierda
Revolucionaria (MIR) no acepten firmar los acuerdos, por considerarlos
contrarios a la aspiración ciudadana de la nacionalización
y recuperación soberana de los recursos estratégicos.
El pacto existe en el Parlamento, ciertamente, pero encuadrado
en los partidos que sustentaron el régimen de Sánchez
de Lozada. El pacto existe en el Parlamento sobre la base de acuerdos
genéricos que denotan su rechazo a la protesta social y
su simpatía por la continuidad de un sistema económico
que no ha contribuido a luchar efectivamente contra la pobreza.
El pacto en el Parlamento tiene el condimento de la adhesión
ciudadana emocionalmente enamorada de la palabra así como
de la imagen de víctima y de hombre culto y honesto que
proyecta el presidente Mesa. El pacto en el Parlamento tiene también
la sazón de un desproporcionado rechazo a la figura de
Evo Morales.
Los caminos posibles derivaron en uno, el previsible, pero su
diseño nos invita a preguntarnos si valió la pena
tanta tensión para un resultado que no cambia sustancialmente
las condiciones de gobernabilidad, habiéndose por el contrario
marcado con más claridad la polaridad de dos proyectos
de sociedad conceptualmente distintos.
La nueva alianza del Presidente
El anuncio de la renuncia se da la noche del domingo 6. El lunes
7 al mediodía Carlos D. Mesa entrega su carta al Parlamento.
Senadores y Diputados sesionan el lunes por la tarde y martes
8 en reuniones de bancadas y en encuentros con el presidente y
sus colaboradores. La 13ª Sesión Ordinaria y Especial
del Congreso Nacional se instala acabando la tarde del martes
8 para formalizar acuerdos ya tomados en las reuniones previas.
Entre el momento del anuncio de la renuncia y la resolución
del Parlamento no median ni siquiera 48 horas. Horas que se hicieron
un tiempo histórico interminable y que Bolivia no se merecía
vivirlas con la situación de angustia que un Presidente
sin partido eligió como la fórmula para legitimarse
deslegitimando a sus hasta entonces principales aliados y ahora
la traba mayor para la realización de sus propuestas.
En la justificación de su rechazo a la renuncia por unanimidad,
los presidentes de Senadores y Diputados coincidieron en señalar
que su medida era una solución duradera y efectiva que
buscaba convertir la crisis de confianza que vive el país
en oportunidad para superar las diferencias entre los Poderes
Ejecutivo y Legislativo, así como para darle a Bolivia
estabilidad, tranquilidad, certidumbre, gobernabilidad y esperanza.
Ufanos los parlamentarios subrayaron que más allá
de aceptar o no la renuncia habían tomado una "decisión
patriótica" con la viabilización de un "Acuerdo
ante la Nación" que no debe ser entendido como una
alianza política. Para algunos parlamentarios el rechazo
a la renuncia no implicaría tanto un apoyo a las medidas
que tome el Presidente, sino una exigencia para que éste
cumpla con su mandato, es decir, que gobierne.
El "Acuerdo ante la Nación" consiste en la suscripción
de una agenda de cuatro puntos tomados de algunos de los temas
que están latentes en el ambiente: 1) Aprobación
de la Ley de Hidrocarburos respetando el espíritu del referéndum
vinculante del 18 de julio de 2004 que reconoce el concepto de
propiedad del Estado, garantiza la inversión extranjera
y nacional, otorga seguridad jurídica, y fomenta la exportación,
industrialización y explotación del gas. 2) Elección
de Prefectos por voto democrático; convocatoria a Referéndum
sobre Autonomías en los 9 departamentos; y convocatoria
a la Asamblea Constituyente como pacto de unidad de cara al futuro.
3) Un acuerdo nacional con participación de los sectores
más representativos de la sociedad para la producción,
generación de empleos e inclusión ciudadana. 4)
Definición de una agenda de respuestas a las demandas sociales
para la superación de los bloqueos.
En esta sesión parlamentaria y con su habitual capacidad
de oratoria que sabe persuadir tocando los afectos, don Carlos
D. Mesa puso de relieve algunos puntos que saben instalarse en
el corazón de las personas. Habló por ejemplo que
el acuerdo con los parlamentarios es en realidad una decisión
del país por "resolver con sensatez, racionalidad,
espíritu de paz y sentido de futuro" el contexto que
pintan los bloqueos y la violencia.
Aclaró que su renuncia estuvo dirigida a detener el país
por un momento, e invitar a sus habitantes a reflexionar sobre
la lógica de la violencia que es suicida porque no permite
gobernar y porque inviabiliza a Bolivia. Como para despejar dudas,
enfatizó en que su renuncia no fue producto de un cálculo
político para su fortalecimiento personal, sino una angustiosa
y riesgosa decisión para permitir repensar el país
en democracia.
Combinando armónicamente el movimiento de sus manos con
los gestos de su rostro y los tonos de su voz, en una alocución
expresada con un orden extraordinario y sin leer una línea
de libreto, Mesa dejó en claro que la circunstancia de
su renuncia le permitió a Bolivia la apertura de un nuevo
escenario, de otra oportunidad para trabajar juntos, con apertura
al diálogo y la tolerancia. Imploró por manifestaciones
pacíficas y respetuosas del otro, por combatir la violencia
e intolerancia sin herir, sin racismos, con respeto, especialmente
a los indígenas.
No podía dejar de individualizar a Evo Morales, convocándolo
especialmente para que se sume al esfuerzo nacional de diálogo
con el Presidente y con el país. Lo arengó para
abrirse a la capacidad de "saber escuchar a Bolivia que
quiere diálogo, paz, acuerdos". Y consecuente
con su aversión a los bloqueos, convocó a la población
a ocupar las calles el día jueves 10 al mediodía
para "expresar oposición militante y democrática
en contra de los bloqueos" y a favor de un país
desbloqueado, de libre tránsito y de libre decisión.
Más tarde, desde el balcón del Palacio de Gobierno
y ante una multitud festiva de pañuelos blancos expresó
algunas cosas más, guardadas para el delirio: "han
marcado mi decisión de que me comprometa a seguir hasta
agosto del 2007", le dijo a la multitud agradeciéndole
su respaldo. "Actuemos responsablemente con un discurso
de paz que gana siempre", pidió enfático.
"Demostrarle al mundo que el racismo se acabó en
Bolivia", exigió como parte del compromiso. Y
el "no al bloqueo" fue la exhortación
de cierre aclarando que el espíritu de diálogo es
más grande que cualquier piedra que entorpece la transitabilidad.
Después de la parafernalia
Varias medidas están sucediéndole inmediatamente
a la decisión de rechazo parlamentario a la renuncia del
Presidente. Una de ellos es el reforzamiento de la criminalización
a la protesta social, mediante la búsqueda de un decreto
que justifique, como en los años negros de las dictaduras,
el encarcelamiento de los líderes de los movimientos sociales;
peligrosa decisión en democracia para un gobierno que quiere
moverse en los marcos de la Constitución y de una cultura
del diálogo. Otra está relacionada con el fortalecimiento
de la oposición, que a su vez concertó un gran Pacto
de Unidad Social con la participación de las principales
organizaciones populares, entre las que destacan la Central Obrera
Boliviana, la Confederación Sindical Única de Trabajadores
Campesinos de Bolivia, la FEJUVE El Alto y el MAS de Evo Morales
y que cerraron filas para defender su propuesta de Ley de Hidrocarburos.
Otra manifestación es la promesa por parte del Parlamento,
ahora unido en un rodillo, para aprobar la Ley de Hidrocarburos
del Presidente Mesa en el curso de las siguientes horas; una decisión
que tuvo en espera por más de ocho meses después
del referéndum vinculante sobre el gas y que ahora saldrá
al margen de los resultados del referéndum, o leyéndolos
con los lentes de su conveniencia.
Instalados en un escenario que no es muy distinto al anterior,
salvo en la alianza del Presidente con los partidos tradicionales
en el Parlamento, y excepto la mayor polarización política,
nos preguntamos si la experiencia se justifica haberse desarrollado.
Seguramente los movimientos sociales asumirán que además
de los bloqueos existen otras formas de reivindicación
y lucha que tienen que aprender a desarrollarlas, y acaso más
adelante los gobernantes recuperarán su ubicación
en un país complejo y atípico.
No nos hagamos los suizos
No vivimos en un país de marchódromos de caminatas
planificadas y de gritos silenciosos expresados en pancartas.
No es éste un país de shopings que organizan
el comercio. No estamos en un país de zambódromos
donde los danzantes alegran las graderías de los espectadores.
Bolivia no es un país de reservorios de indígenas
hechos para el regocijo de los turistas. Éste no es un
país de casas de indigencia donde se guarda la pobreza.
En Bolivia las protestas y marchas se hacen en las calles y carreteras
cotidianamente porque son una forma de enunciación de demandas.
En las ciudades y pueblos principales los mercados callejeros
y los vendedores ambulantes ganan las aceras de las avenidas principales.
Las fiestas se toman las ciudades y los ciudadanos bailan en ellas.
Los indígenas se riegan en todo el territorio sin vestirse
para el turismo sino ganándole espacios al mundo globalizado.
Los pobres son parte de un paisaje inhumano que los discrimina
y los excluye. No nos hagamos los suizos, Bolivia es un país
bloqueado por su pobreza.
En consecuencia, hay que gobernar desde el país como es,
y no desde el país de las maravillas que no somos. Desde
el país de la diversidad, no desde Estados monoteístas
y monoculturales. Desde el país de la demanda hecha conflicto,
no desde el país de la paz de los cementerios. Hay que
gobernar el país que somos para cambiarlo. Para que las
marchas construyan democracia participativa y se reflejen en políticas
de Estado con sensibilidad social. Para que el mercado se someta
a las leyes del Estado y no éste a las de aquel que no
controla. Para que los indígenas se incluyan con autodeterminación
en la construcción de una ciudadanía múltiple.
Para que los pobres ya no sean tales. Para el país que
quiere ser distinto, sin pobres, con justicia, sin imposiciones,
con soberanía.
La Paz, marzo, 2005
*Adalid Contreras Baspineiro.
Sociólogo y comunicólogo boliviano. Especialista
en Derechos Humanos y en Comunicación para el desarrollo.
Artículo originalmente publicado en ALAI.
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