Programa Andino
de Derechos Humanos

 

Voy a exponer el proceso y los resultados parciales de una investigación en proceso que realiza un equipo de la Facultad de Teología (Yfantais (1)) de la Pontificia Universidad Javeriana, en asocio con el Servicio Jesuita a Refugiados.

1. Breve historia de la investigación

Se busca acercarse a poblaciones en situación de desplazamiento, causada por la violencia de los diferentes actores armados, en particular a los grupos de humanos que viven en el Magdalena Medio (MM), en los municipios de San Pablo, Yondó y Barrancabermeja, en zonas rurales y urbanas. Se trata de una región donde han sido tradicionales los flujos migratorios originados por diversos motivos y en donde actualmente conviven sectores que se han visto obligados a desplazarse, con otros que de algún modo también se han visto obligados a acogerlos.

En dichas comunidades ha habido intervención desde hace varios años del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) que está interesado en que se le aporte con una investigación sobre los imaginarios religiosos de estos pobladores, con el fin inmediato de potenciar la dimensión espiritual o de interioridad que hace parte de su misión para con las comunidades.

2. Los problemas

En el Magdalena Medio (MM), el desplazamiento se asocia a cambios profundos en la estructura de tenencia de la tierra (Fajardo, 2002). En la actualidad hemos encontrado en MM al menos tres iniciativas en conflicto: una que pretende articular, desde la gran propiedad de monocultivos agroindustriales y ganadería tecnificada al mercado exportador; otra que pretende articular a medianos y pequeños campesinos a esos macroproyectos; y una tercera, que insiste en la pequeña propiedad tradicional autónoma. Las tres están atravesadas por el cultivo y mercado de la coca y la amapola. Estas iniciativas rivales producen efectos sobre los sujetos: despojo y modificación de sus referentes simbólicos y de sus tradiciones culturales, desarraigo, extrañamiento e incertidumbre. Tenemos aquí, en suma, una abrupta crisis de identidad inscrita en lo que antropológicamente se denomina hoy día procesos de desterritorialización y de reterritorialización, en un mundo que se globaliza (Ortiz, 1998).

Directamente asociado a lo anterior, nos encontramos con el hecho de los cambios en las instituciones básicas de socialización pues las familias se han resquebrajado, los referentes cultuales y eclesiales se han perdido y las oportunidades de escolarización, igualmente se han visto afectadas. Advertimos, con esto, la necesidad de describir cómo se transforman los tejidos sociales para identificar la emergencia de nuevas alternativas de construcción social.

De otra parte, en la experiencia del desplazamiento algunas de las víctimas han recurrido a los instrumentos jurídicos brindados por el Estado, buscando una salida a su situación. El mismo SJR ha asesorado estos procesos en varios casos. Sucede, sin embargo, que muchas personas desplazadas no han buscado amparo jurídico: esto querría decir son anónimas desde el punto de vista legal y que poco creen en este tipo de procedimientos. Observamos que, detrás de todo esto, lo que está en juego es la eficacia y validez de los derechos humanos en contextos de violencia, donde, además, coexisten y se superponen formas de lo público que oscilan desde las más tradicionales hasta las democráticas, aunque sea sólo en torno a estas últimas que las ONG que protegen a los desplazados centran sus esfuerzos de acompañamiento y educación. Por ello, vemos pertinente indagar el "espíritu de la ley": ¿Por qué estas personas que han sido despojadas violentamente de sus tierras no creen en ella?, ¿Por qué, quienes alguna vez han creído, ven frustradas sus esperanzas?, ¿En qué situación quedan quienes se declaran formalmente víctimas de algún actor armado? Los derechos humanos como discurso y referente, ¿Les sirven realmente a las víctimas?

Las abundantes frustraciones que se derivan de los anteriores aspectos y los pocos logros que les permite sobrevivir a las comunidades desterradas, se manifiestan simbólicamente en sus prácticas y creencias religiosas, y se concretan en lo que podemos denominar "imaginarios religiosos" configurados por el sincretismo entre atávicas tradiciones cultuales provenientes de las comunidades aborígenes yareguíes y los ritos católicos y de otras iglesias presentes en el MM (Angarita, 2004). Como expresión de ello aparecen relatos, narraciones y vivencias religiosas en los cuales se constituyen estas nuevas subjetividades.

En resumen, algunas poblaciones que sufren el desplazamiento en Colombia están sometidas a una experiencia humana límite radical: desarraigo del territorio, exclusión del tejido social, limbo jurídico frente al no reconocimiento de su condición de ciudadanos. Estas experiencias límite tienden a encubrirse y a develarse, simultáneamente, en el mundo religioso (Solarte, 2004). Nuestra investigación busca comprender dicho fenómeno atendiendo a esta pregunta central: ¿Cuáles son y cómo se constituyen las prácticas e imaginarios religiosos en algunas poblaciones en situación de desplazamiento del MM colombiano? La búsqueda de respuestas a este interrogante puede ayudarnos a desenmascarar procesos de alienación ocultos en las prácticas religiosas en las que participan estos grupos humanos, que se velan en formas de exclusión y de desconocimiento de los Otros y las otras aceptadas por el conjunto del sistema de interacciones sociales. Así mismo, esta pregunta puede revelarnos la emergencia de otros imaginarios religiosos que rompen la lógica de las estructuras violentas.

El signo más evidente de este fenómeno de exclusión tiene que ver con la misma denominación de "desplazados", generalizada en las ciencias sociales, y que a la postre refuerza su dinámica de victimización y de invisibilización como sujetos sociales: "desplazados" se referiría a los que supuestamente, por su acción voluntaria (Molano, 2001) están sin lugar, sin grupo de referencia, sin ley, y son religiosamente alienados. Al estereotipar esta denominación se olvida el hecho sociológico de que los "desplazados" son campesinos desterritorializados violentamente; la omisión de su situación de campesinos pone en evidencia el intento de despojarlos de su identidad (Salgado, 2002), que hemos encontrado también en la poca atención a los imaginarios que constituyen las identidades de los pobladores por parte de los grupos humanitarios de diverso orden, todos los cuales, en definitiva, operan con la lógica según la cual existe una identidad común: la de la ciudadanía que goza de derechos humanos, es decir, el modo de existencia propio de los sectores dominantes de la sociedad, que estos grupos humanitarios paradójicamente cuestionan a la vez que reproducen y transmiten. De aquí se derivan para nosotros cuestiones de orden ontológico: ¿Cómo se ha afectado la identidad campesina entre los pobladores desterrados y los pobladores rurales? Su fe, ¿qué papel juega dentro de esa identidad?

Desde estas preguntas, esta investigación podría contribuir teóricamente para construir herramientas metodológicas, conceptos y categorías que permitan hacer visible la existencia de quienes hasta ahora tienden a ser ignorados en su subjetividad bajo la designación de "desplazados". El aporte consiste en la invitación que hacemos desde la teología a otras disciplinas de carácter humano y social (como la sociología, la antropología, la psicología, la política) para que ellas también ayuden a explicar los fenómenos que rodean la experiencia de fe de los desterrados, manifiesta en las prácticas e instituciones religiosas. Lo cual supone opciones epistémicas y metodológicas que permitan no sólo el necesario reconocimiento de la existencia de los otros, sino que hagan de la investigación social un medio para que las voces, los relatos y las vidas de estas personas, sometidas a esta forma de exclusión violenta, puedan hacerse escuchar, como un llamado a las responsabilidades conjuntas.

3. El contexto

Los procesos de desterritorialización en Colombia ocurren en medio de dos dinámicas que se entrecruzan: la globalización y el conflicto armado interno.

La primera es una realidad mundial caracterizada por cambios significativos en las relaciones económicas, en las que la introducción de tecnología origina la redistribución de los centros de producción y abre caminos más libres para la inversión y el comercio internacional en cada país. En los países menos desarrollados esto se traduce en que los dueños de grandes capitales pueden acceder más fácilmente a las riquezas, interviniendo con menos restricciones en la vida nacional y regional; sus efectos son paradójicos, pues a la apertura de los mercados y al acceso a nuevos bienes acompañan procesos de cesación de la mano de obra no calificada, lo cual obliga a franjas importantes de población a buscar oportunidades de trabajo en otros lugares, trátese de centros urbanos internos o de otros países. Adicionalmente, emergen nuevas realidades culturales que impelen a muchos grupos humanos a promoverse en el campo educativo y, en consecuencia, a su movilidad espacial hacia los centros urbanos, donde puede encontrar mejores alternativas para tal fin. En síntesis, estamos hablando de flujos migratorios que informan sobre procesos de desterritorialización y de reterritorialización, esto es, de fuertes transformaciones socioculturales (de subjetividades e identidades) de los grupos humanos, por los cambios producidos con su entorno (Ortiz, 1998).

La segunda dinámica tiene que ver con la manera específica como en Colombia se adelanta la anterior tendencia globalizadora. Consiste en un movimiento signado por la violencia. Ésta desata vertiginosos impactos por parte de los agentes armados sobre las personas y grupos que padecen el ejercicio de su coerción y fuerza. Los recientes estudios sobre el desarrollo del conflicto armado en Colombia indican, entre otros puntos, la gran importancia que adquiere la disputa territorial o la aspiración de los actores bélicos por ejercer control en áreas geográficas que consideran estratégicas geopolítica y geoeconómicamente hablando. Tales intereses encontrados operan como una de las causas de expulsión de los habitantes de las zonas en discordia y del repoblamiento con civiles susceptibles de someter bajo su control (Mondragón, 2002). Una y otra dinámica se encaminan a sostenerse en el tiempo, por lo menos hasta el mediano plazo, y a prolongar, por tanto, efectos como el desplazamiento forzado.

En Colombia dicho fenómeno ha sido objeto de numerosos estudios sociales desde hace por lo menos una década. En estos acercamientos han primado los enfoques cuantitativos y positivistas. Si bien logran describir y diagnosticar el fenómeno desde diversos ángulos, su propia perspectiva mantiene a las personas como destinatarias de intervención asistencial que, en el mejor de los casos, han de ser incorporadas al sistema, pues no alcanzan a develar a los sistemas sociales como productores de víctimas, lo que inhibe la posibilidad de que los sujetos se constituyan en actores sociales dentro de la emergencia de otro orden social.

La relación con las personas que son víctimas de los procesos de despojo de la tierra suele ser lateral, ya que sus testimonios son introducidos en los estudios, generalmente para apoyar las afirmaciones de los investigadores, o como meros apéndices ilustrativos. En cambio nuestro interés consiste en aportar a la constitución del discurso de los grupos que padecen el desplazamiento, como un discurso capaz de revelar sentidos autónomos que hasta el momento se esconden simbólicamente en lenguajes tales como el religioso (Vergara, 2004).

Se trata entonces, de asumir al escenario social como ámbito de vida de los discursos y las narrativas, escenario privilegiado para aprender a conocer cómo funcionan, cómo se formalizan y como se constituyen los sentidos de las prácticas cotidianas, que revelan la experiencia humana en su estructura interna. Pero, aún más, es el escenario objeto de la interpretación del devenir de las tradiciones culturales que portan los sentidos y significaciones de los múltiples lenguajes (Gadamer, 1993). El ejercicio de comprensión de la realidad como actividad social, entonces, pasa necesariamente por recoger las "hablas" vivas y por establecer diálogos de éstas con los discursos formales de las disciplinas académicas, indagando sus puntos de encuentro y desencuentro significativo, es decir, identificando en qué medida logran decir "algo" para quienes dialogan; en esta tarea ha aportado decisivamente la investigación cualitativa, particularmente la Etnografía (Geertz, 1988).

En la misma línea de pensamiento la experiencia de fe se entiende como la concurrencia de múltiples saberes que intentan denominarla, no sin polémicas y conflictos, y para lo cual la teología o racionalidad de fe aporta desenmascarando los mecanismos de poder y de violencia mediante los cuales se expulsa y excluye a unos, se controla y somete a otros, cuando no se sacrifica la existencia de algunos por la vida de otro, totalmente en contra del criterio bíblico que aboga por la vida para todos por encima de la idolatría en que suelen consistir los poderes institucionales (Girard, 1982). Esta referencia radical, emanada de la teología bíblica, permite afirmar la pertinencia de la reflexión teológica como contribución a los estudios sociales en la comprensión de una realidad compleja.

4. El método de trabajo

El método de investigación empleado es el conjunto de formas, estrategias e instrumentos que han de permitir que los sujetos que allí participan se integren al mundo que ellos mismos construyen y por el cual son constituidos.

Los sujetos son hombres y mujeres capaces de comprender y de tomar decisiones, para lo cual necesariamente deben constituirse en sujetos sociales, esto es, en personas que forjan identidades específicas con otros y otras, y que deciden actuar de manera colectiva en pro de objetivos personales y sociales, afectando sensible, teórica y pragmáticamente las formas de interacción social.

En nuestro caso, nos hemos propuesto que la investigación sobre mentalidades religiosas nos permita construirnos y fortalecernos como sujetos a un equipo universitario que hace parte de una comunidad académica y en cuanto tal es productor de cierto tipo de saber; este saber se construye en función de otro equipo, el SJR, cuya actividad fundamental es la intervención social con sectores de población que tienden a ser excluidos de los sistemas sociales y que, además, es portador de otro tipo de saber específico; y los propios "desplazados" que, de entrada, son definidos socialmente como no-sujetos pero que, intuimos, más allá son portadores de cierto saber marginal y creativo cuya potencia, de entrada, estriba en la capacidad de vivir en medio de situaciones límites.

Debemos indicar que el referente más profundo para el trabajo interpretativo ha sido la categoría de imaginario social la cual ha operado no sólo como guía teórica sino también metodológica, pues se trata de hacer concurrir todos los hallazgos para identificar los imaginarios constituyentes en la población del Magdalena Medio, analizados desde la población en situación de desplazamiento. Estamos detrás de una matriz cultural que configuraría la subjetividad social de las comunidades y que, con lo detectado hasta hoy, tendría como eje central la perspectiva religiosa.

5. Resultados de la primera fase

Uno de los aportes significativos del trabajo que se ha realizado en su primera fase, es el de haber desplazado un objeto tradicional de la sociología y la psicología (los imaginarios) a la teología. Los imaginarios y mentalidades religiosas han sido abordados tradicionalmente por la sociología de la religión, sin que la teología haya encarado el asunto o se haya involucrado en elementos que enriquezcan la interpretación de la incidencia de las representaciones y cosmovisiones del mundo de las personas en su horizonte y experiencia de fe.

Esto hace que nuestra investigación sea pionera en este campo, pues no existe ningún abordaje del problema planteado en la literatura. Las personas en situación de desplazamiento forzado han sido abordadas desde múltiples perspectivas, pero no desde la que estamos planteando, lo que hace que no exista literatura sobre el tema específico de la investigación y que se abra una veta académica de exploración para construir un conocimiento que tenga una aplicación práctica para estas personas: la constitución de verdaderos sujetos sociales.

Como nuestra investigación tiene una ruta de 3 años, los hallazgos en este momento son hipótesis de trabajo, para encarar las siguientes fases. Tales hipótesis son las siguientes:

a. En el contexto del Magdalena Medio existen unos imaginarios sobre el desplazado que no han logrado llegar al núcleo de la cuestión: los desplazados tienen una característica dominante: son campesinos, pero no cualquier tipo de campesinos, sino labradores sin tierra. El análisis hay que centrarlo en torno a la dinámica de la tierra, pero no sólo en la concentración de la propiedad sobre ella, sino en la comprensión que se hace del campesino en cuanto a que es un inepto, un incapaz (por algo no tiene propiedad sobre la tierra) un sin voz al que hay que indicarle cuál es el mejor camino: para las fuerzas armadas ilegales, su labor es la de "corregirlos" por haber optado por el mal camino (ser colaboradores del "enemigo); las fuerzas armadas del Estado asumen que "esa parte de la población civil" es tan ingenua que han sido engañados por la subversión que les han metido un discurso comunista que es necesario erradicar para garantizar el orden en la región y lograr así acabar con los "narcoterroristas" enemigos del Estado. Por su parte, las otras entidades del Estado asumen a estas personas como una "pobre gente", pues a las víctimas del conflicto armado hay que proporcionarles "ayuda humanitaria", dado que no pueden valerse por sí mismos, especialmente si llegan a zonas urbanas, porque son uno impedidos que lo único que saben es vivir en el campo, sin otras habilidades posibles. Por otro lado, muchas ONG ven en los desplazados unas víctimas traumatizadas e impedidas para actuar debido a que son unos ignorantes de sus derechos; entonces, la actuación que corresponde hacia ellos es la de fortalecer su conocimiento de los derechos que le son inherentes, así como hacer intervenciones para que elaboren duelos y se recuperen de las heridas emocionales. En este tipo de dinámicas, lo que acontece es que cada actor social culpa al otro del desplazamiento, convirtiéndose los campesinos en una chivo expiatorio que evidencia responsabilidades de parte de todos, que nadie quiere asumir.
b. En cuanto al horizonte religioso, existen prácticas y creencias que se han mezclado en un horizonte de sentido común, pero que provienen de tradiciones diversas. Así, aunque todos asumen que comparten la cosmovisión cristiana, sea católica o no, lo que se muestra es que el dios cristiano, la virgen y los santos, desplazaron a dioses africanos e indígenas, con la consecuente equiparación entre unos y otros. Detrás de María, por ejemplo, se encuentran diosas de fertilidad, haciendo que sea vista más como una madre arquetípica que como la "medianera" que sería la visión del catolicismo oficial.

6. Una celebración religiosa paradigmática y paradójica: La Virgen del Carmen

Las fiestas hablan de la cultura de los campesinos desterrados; por ejemplo, la fiesta más importante del año en la región, que es la celebración de la Virgen del Carmen: "Se hace fiesta y comida y todo el 16 de julio porque la verdad es que somos devotos de la Virgen del Carmen. (…) Pero así no le pueda hacer la fiesta uno recuerda porqué celebra. Sí, nosotros somos devotos de la Virgen del Carmen (…) pues son las creencias de nuestros padres. Bueno a mí me enseñaron eso" (Yfantays: 2003, La Felicidad). Algo similar respondía una mujer de San Pablo, que afirma tener fe "en la santísima Virgen del Carmen (…) porque ella también le hace milagros a uno, ella también le protege (…) Desde niña mi mamá me enseñó la oración de la Virgen del Carmen" (Yfantays: 2003, San Pablo).

Se trata de auténticas tradiciones que son transmitidas de padres a hijos, de madres a hijas, ahora bajo la forma de lo católico. Lo católico es importante porque permite una gran libertad en las formas de expresión, de modo que las comunidades han encontrado la manera adecuada de ajustarse a las fiestas europeas, para celebrar en realidad sus propias tradiciones y valores. En cambio, hay resistencia a las nuevas sectas de origen pentecostal, pues insisten en la necesidad de abandonar las tradiciones aprendidas de los padres: "Una cosa que uno tiene pensar es dejar todas sus tradiciones, todas sus costumbres, por ejemplo, que le gusta bailar, que le gusta tomar. Uno tiene que dejar todo. (El pastor) dice que el que toma es porque está con el diablo" (Yfantays, Yondó, 2003,).

La fiesta de la Virgen del Carmen una fiesta popular, en la que los representantes del mundo católico son invitados, pero donde lo central acontece al lado y fuera de la celebración católica: se prepara con una novena en la que se prenden velas en honor de la Virgen, y siempre se termina con una celebración comunitaria con música a todo volumen, baile, mucho alcohol y comida típica. La estructura del ritual es semejante en toda la región a la que hemos tenido acceso. Se trata de: "Un bazar, una fiestecita a la Virgen del Carmen. (…) -¿Ponen música? Claro que sí música (…) -¿Hacen comida especial? Sí, sí, sí, sancocho y eso si se hace. -¿Y cómo la celebran? Con misa y festejos, bailes, bebidas y esas cosas" (Yfantays, La Felicidad, 2003).

En una comunidad de campesinos desterrados, también de la zona de Yondó, nos comentaban de la estructura de su celebración, que incluía, además de los elementos comunes ya descritos, el paseo de la Virgen por el agua: "Se pasea a la Virgen del Carmen, se hace una caravana. Se hacía una misa y al terminar íbamos a pasear la Virgen del Carmen en el agua, los motores atrás con voladores y eso y la gente atrás" (Yfantays, Yondó, 2003,). Por otro lado, hay que añadir como elementos rituales aquellos que expresamente vinculan esta fiesta con los ritos propios del matrimonio, la maternidad y la crianza de los niños: "Allá la gente se casaba para el 16 de julio. Primeras comuniones, confirmaciones, hacían las presentaciones de los niños, bautizos, de todo había allá" (Yfantays, Yondó, 2003,).

Además de no cumplir las promesas hechas a la Virgen, las prohibiciones de las comunidades se concentran en el control del papel de las mujeres, lo que nos recuerda el conflicto de Francisca, la indígena que fue asesinada hace casi cuatro siglos cuando su prometido, un cacique de otra comunidad, descubrió que no era virgen, lo que originó, además, el conflicto posterior contra los españoles, con quienes habían vivido en relativa armonía en el primer siglo de la "Conquista": "Muchas veces las mujeres tienen hijos con diversos hombres y no son buenas mamás. No saben criarlos. Hay mujeres muy activas que tienen varios hombres y tiene muchos hijos. Pero no les pueden dar amor, y ahí comienzan las dificultades. Las mujeres son las que acosan y sacan a los hombres. Y algunas son muy irresponsables y tienen varios amantes" (Yfantays, Yondó, 2003,).

La misma centralidad de la mujeres, que recuerda la muerte violenta de doña Francisca, permite comprender por qué razones, cuando los grupos armados imponen sus normas de convivencia, aquellas que reprimen y a la vez "defienden" lo que se espera que cumplan las mujeres para asegurar el orden social, siendo tan desiguales a las normas referidas a los hombres, tienen buen recibo de parte del conjunto de la comunidad. Todo esto nos lleva a pensar en la permanencia, silenciosa, oculta y mimetizada en las celebraciones religiosas católicas, de los núcleos que conformaron a la cultura Yareguíe, ya no referida a su divinidad tradicional, sino al recuerdo del conflicto desatado con las fuerzas de dominación blancas y con la ruptura del orden ancestral de ordenamiento de las comunidades, todo esto condensado en la memoria innombrable de doña Francisca, trasmutada en divinidad protectora de las comunidades descendientes de los antiguos indígenas, y en especial de sus mujeres.

Esta permanencia de la divinidad, con todas las paradojas de su constitución, sigue articulando la vida a través del las ambigüedades de estas personas con la maternidad, que puede desencadenar la violencia gracias a sus decisiones "irresponsables", o que puede orientarse hacia la construcción de un futuro más digno por medios no violentos. Nada mejor para recordar este hecho, que la narración de una mujer sobre la maternidad y su vínculo con la Virgen del Carmen:

A los quince años era muy delgada (…). Era atleta, y competía en salto. En un saltó muy largo, caí fuera de la cancha y me dañé el riñón. Al tiempo, el médico me dijo que no podía tener hijos (…). Cuando me casé, no le comenté a mi esposo, por miedo a no tener hijos (…). Cuando quedé embarazada, me enfermé, pues el problema renal era grave. Pero oramos, le hicimos una novena a la Virgen del Carmen, y con eso vencimos el miedo. La Virgen del Carmen es una tradición de mi madre y de las señoras; la patrona de la madres y de las mujeres que van a dar a luz es ella. Cuando uno concibe un bebe, uno le presenta el bebe. Todo el tiempo los médicos me decían que tenía que abortar, o inducir el parto a los siete meses. Pero manejé los líquidos y pude tener a mi hijo a los 9 meses. Y luego tuve una niña, muy rápido; pero entonces, con los trabajos de parto coincidió el paro cívico, por lo cual no me atendieron. Volví al otro día (…) y el médico no me quería atender, pero la niña estaba ahogada por la demora. Me atendieron; primero oí que estaba muerta, que no reaccionaba, no le entraba oxígeno. Vi que la sacudían, hasta que respiró. Ahí fue cuando sentí miedo, me invadió un temor de tal magnitud que creí que me iba a morir. Y el médico dijo que se me había pegado la placenta, que es algo sin solución; yo me paralicé. El médico me haló la placenta. Me acordé de la partera, que me enseñaba que en esos casos había que hacer más trabajo de parto, hasta que la boté, con lo que me desmayé. Escuchaba a lo lejos al médico decir que me pusieran oxígeno. Yo tenía miedo a concebir por el anhelo de tener un hijo, lo que me llenó de felicidad; y luego, al reaccionar con el nacimiento de mi hija, se asusté mucho al tocarla. Ahí sentí lo grandioso que es tener un hijo, tener un vientre para parir, ser madre. Es como morirse para dar otra vida. Los miedos, como este, se vencen por amor, al hijo, al compañero. Y la situación fue tal que tuvimos otro hijo, pero sin ningún problema. Por eso siento que el amor vence el miedo. Las mujeres no parimos hijos para la muerte ni para la guerra. A eso le encuentro sentido. Y con cada muerto, siento ese dolor de madre, de todos sus dolores de parto, de la crianza. Para vencer el miedo hay que estar con otro, hay que tener compañía para apoyarse (Aquí estoy país, Taller Barrancabermeja, 2003,).

7. Conclusiones y retos provisionales

En general, creemos que los resultados de esta investigación tienden a la conformación de redes que comprendan el fenómeno de manera más compleja, logrando ver en el desplazado no solamente a una persona huyente y traumatizada, sino a un campesino despojado de aquello que le es inherente: la tierra, lo cual afecta sus procesos identitarios, no sólo por la omisión de sus tradiciones, sino por la imposición del paradigma de la ciudadanía ante un Estado que sistemáticamente lo ha ignorado y que ahora lo incapacita más con una intervención humanitaria de "emergencia" permanente.

Los aspectos particulares que hemos ido aprendiendo son:

La tierra es central en estas narrativas, pues los campesinos desterrados añoran su "tierra", como un lugar productivo y reproductivo; tierra dura de trabajar, pero donde cada uno conserva cierta independencia al no tener que pasar "vergüenza" de pedir o un "mal vivir", que es como percibe su situación de desplazado; esta situación, por lo normal, es vista como expulsión y despojo; y aunque la situación primera, antes de la expulsión, se deduce precaria, es una precariedad preferible a la actual, donde es permanente la zozobra ante el vivir cotidiano.

El grupo armado expulsor se suele definir de manera genérica, "ellos", "esos", y, por lo que se deduce de las entrevistas, las razones de la expulsión se perciben como un desorden externo que disgrega a la comunidad "donde antes se vivía bueno".

A esta disgregación se opone, en mayor o menor grado, una congregación en torno a imágenes o fiestas religiosas, en nuestro caso particular sobre la imagen y fiesta de la Virgen del Carmen. Esta trae un recuerdo de lo que era: recuerdo que en ocasiones ayuda a paliar la dureza del presente y justifica o explica su sobrevivencia; en otras, da razón a las actitudes de indignación ética asumidas y ayuda a sostenerlas; y en algunas, impulsa a realizaciones o, por lo menos, intenciones de nuevas situaciones que plenifiquen el imaginario de autonomía. (Román, 2004)

El imaginario social de violencia, que alimenta el sometimiento o ciertos tipos de resistencias entre los grupos sociales de la región, y su correspondiente imaginario religioso sacrificial, aunque históricamente han sido los principales, denotan en la actualidad su crisis como factores de cohesión social. Su pérdida de legitimidad ha dado paso, lentamente, a otras alternativas como resultado de un esfuerzo por parte de sectores de la población entre los que destacamos a las iglesias, en tanto instituyentes sociales fundamentales. Los imaginarios sociales predominantes en la región, si bien han tendido a inhibir la creatividad de los sujetos y a limitar su propia existencia, en modo alguno han sepultado opciones alternativas de manera definitiva. La tarea consiste, pues, en ayudar a recuperar la aún débil credibilidad en estos imaginarios alternativos, visibilizando con su hondura, sensibilidad e inteligencia de fe que éstos no se proponen desde posturas ingenuas sino rescatando antiguas tradiciones que ven en el otro y en la otra, antes que enemigos, personas con quienes se construye el propio proyecto de vida. (Angarita, 2004).

Aquello que permanece de la resistencia de los indígenas al sometimiento ya se ha hecho visible a nuestros ojos: por un lado, las fiestas religiosas con sus referentes divinos, sus ritos y sus prohibiciones, como mecanismos que articulan esta cultura; por otro, el papel desempeñado por las mujeres, en una sociedad donde permanece vivo el sentido de la matrilinealidad. Así resulta muy significativo que la fiesta principal sea la que se ofrece a la Virgen del Carmen, no tanto por ser la Madre de Dios o por remitir al seguimiento de su hijo, sino porque activa estos patrones culturales de lo femenino como articulador del poder y del orden de esta sociedad. En eso tenían mucha razón los misioneros jesuitas de comienzos del siglo XX: se trata de una forma de piedad que poco remite a lo cristiano, y más bien parece consistir en una forma resistente de memoria del matriarcado truncado de Francisca, y de las sucesivas mujeres del Magdalena Medio, que tratan de asegurar una cohesión social frágil, siempre en trance de escaparse por la intervención de los violentos poderes dominantes.

Sin duda, se podría sospechar que la pertenencia a un grupo armado ilegal no es algo nuevo en las comunidades de la región, pues sus habitantes llevan varios siglos en resistencia contra los diversos poderes de sometimiento, que los desconocen o los consideran desaparecidos, acabados, incorrectos. Pero ahora podemos apreciar que, más allá de la opción por la resistencia violenta, sin duda la resistencia cultural ha sido mucho más exitosa, al menos en generar constantes mimesis de sus núcleos esenciales, aquellos que generan identidad y que pueden aportar en la construcción de un futuro de autonomía.

Esta resistencia cultural ha ido generando un nuevo tipo de experiencia, la de unas mujeres que erigen su propia identidad sin construcción de nuevos enemigos, sin aceptar la legitimación de las muertes violentas, sin ser ellas contra algo. En esto ahora ellas nos remiten de nuevo a la experiencia de fe, que sin duda en Elías, el profeta al que se remite la tradición del Carmelo, no consistía en asesinar a los enemigos, en lo que sería tan religioso e idolátrico como sus propios enemigos, sino en la apertura a un hondo silencio abismal, en un referente sin enemigo, que opera, por el contrario, como permanente crítica de la tendencia a la reproducción de la violencia. Desde esta apertura al silencio abismal se constituye la capacidad de sentir el dolor de madre con cada muerto, de todos sus dolores de parto, de la crianza, de su vida y de cada muerte violenta.


Referencias

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- YFANTAYS, Entrevista con Párroco en Barrancabermeja, septiembre de 2003
- YFANTAYS, Entrevista en San Pablo, junio de 2003.
- YFANTAYS, Entrevista La Felicidad, septiembre de 2003.
- YFANTAYS, Entrevista P. Francisco De Roux SJ., septiembre de 2003.
- YFANTAYS, Entrevistas en Yondó junio de 2003.
- YFANTAYS, Entrevista con Monseñor Jaime Prieto, Obispo de Barrancabermeja, septiembre de 2003.
- YFANTAYS, Entrevista en el PDPMM, septiembre de 2003.

Nota

1.Carlos Enrique Angarita (director), Algemiro Vergara, Carlos Eduardo Román, Roberto Solarte (Facultad de Teología) y Luis Felipe Vega (Director Maestría en Ciencia Política).


*Roberto Solarte. Licenciado en Filosofía. Posee un postgrado en teología. Profesor de teología en la Pontificia Universidad Javeriana, donde actualmente dirige el Programa de Educación Continua. Investigador del Equipo Ifantays. Ponencia presentada en la II Conferencia regional "Migración, desplazamiento forzado y refugio", Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, septiembre 1, 2 y 3 de 2004.

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