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Esta reflexión comienza poniendo de presente una paradoja:
mientras la reciente globalización económica ha
permitido la circulación de capitales sin que estén
amarrados ni tengan vínculos nacionales, las fronteras
entre las naciones no se han abierto de la misma manera para los
seres humanos. Los controles migratorios, la necesidad de producir
pasaportes inviolables y la exigencia de visados se hacen aún
más evidentes y más apremiantes especialmente para
los ciudadanos de los países del sur.
Para hacer aún más complejo el fenómeno,
la migración de capitales económicos ha impulsado
el desplazamiento de poblaciones laborales, que en las lógicas
de la economía trasnacional se desplazan para facilitar
o abaratar la producción. Pero también en muchos
casos estos trabajadores migrantes reemplazan la mano de obra
los oficios que los habitantes locales ya no quieren desempeñar.
No obstante, la legislación laboral no siempre está
hecha para reconocer esta flexibilidad y movimiento. Y en este
contexto se producen nuevas categorizaciones de los sujetos que
se reducen a metáforas de si mismos. Así, un migrante
ya no es un ser humano integral sino que se le nombra a través
de las partes de su cuerpo que le interesan al mercado laboral
internacional: si se trata de un intelectual, entonces las estadísticas
hablarán de cerebros fugados. Si se trata de futbolistas
colombianos en clubes italianos, se los nombrará como piernas,
que dependiendo de su talento pueden convertirse ya no en humanas
sino en piernas de oro. La investigadora social colombiana Carmen
Millán de Benavides ha señalado la aparición
de estas metáforas de cuerpos a la vez migrantes y laborales,
diseccionados en partes y que caracterizan los mercados laborales
contemporáneos y la forma en que los nombramos y nos acostumbramos
día a día a la deshumanización de su condición,
permitiendo su intercambio como mercancías.
Estos ejemplos sirven para ilustrar cómo la migración
es un fenómeno cuya comprensión trasciende los límites
del análisis económico, estadístico, poblacional
e incluso social. Por su naturaleza flexible y que evoca el contacto
y el movimiento, la migración está atravesada por
múltiples procesos culturales que medían su comprensión
tanto en las sociedades "emisoras" como en las "receptoras".
Es decir que no se puede perder de vista que ante todo se trata
de un proceso que ambienta y potencia el encuentro cultural y
las zonas de contacto entre grupos en ocasiones histórica,
geográfica y culturalmente diferenciados.
Por esta razón, al abordar la Cultura como expresión
de los procesos humanos de creación de sentido y significado
de la vida social, no es posible pensarla como anclada únicamente
a conceptos como los de territorio, nación y estado. Las
migraciones y las diásporas han ampliado la reflexión
más allá de los límites espaciales tradicionales
para mostrarnos procesos en los cuales las diferencias culturales
se mezclan, se hacen difusas o se potencian como factores reivindicativos
e identitarios.
Pero antes de profundizar en este camino de reflexión,
quisiera mencionar otra de las paradojas consiste en pensar la
migración, la más actual y contemporánea
de las manifestaciones sociales, a la vez como un fenómeno
histórico que se ha venido produciendo a lo largo de la
humanidad, pero con especial fuerza y relevancia al menos desde
el siglo XVI con la masiva emigración de europeos a las
Américas y la forzada emigración de poblaciones
enteras del África hacia el Nuevo Mundo.
En este sentido, la migración y el movimiento caracterizan
la historia de la conformación actual del mundo y no sólo
de los países en desarrollo sino incluso de Europa por
ejemplo. Todos los grupos humanos y las comunidades actuales son
fruto de sucesivos desplazamientos, descartando así como
infundadas las nociones de pureza y orgullo nacional que caracterizan
a algunas nacionalidades europeas. Por esta razón, las
culturas no pueden ser entendidas como fenómenos puros
e inamovibles, sino como sujetos al encuentro, la adaptación
y la creación. De forma definitiva, puede afirmarse que
todas las culturas en su devenir histórico han sido migrantes.
Examinadas desde este punto de vista, las nociones de pureza
cultural, la defensa de la cultura "propia" frente a
la irrupción de la cultura de los migrantes o el deseo
de que éstos se asimilen, resultan contravenir la forma
en que diversos materiales culturales han venido mezclándose
históricamente. Pero como una nueva paradoja, mientras
la migración alcanza proporciones enormes, viejos problemas
sociales como el racismo, la xenofobia y la discriminación
cobran nueva fuerza. Si bien un mayor número de intelectuales
y académicos aceptan que vivimos en el tiempo de la migración
trasnacional y la identidad posnacional, también públicamente
se hacen pronunciamientos anunciando "el del choque de civilizaciones"
en medio del afianzamiento de los fundamentalismos.
En países como Francia y Estados Unidos, receptores de
una parte importante de la migración mundial, temas como
la defensa de la cultura "francesa" o "americana"
y de la identidad nacional se convierten en una de las nuevas
formas de exclusión y de racismo. El punto central de esta
ponencia es que en estos nuevos contextos de encuentro cultural
entre migrantes y sociedades receptoras, las diferencias culturales
se esgrimen como poderosos argumentos en contra de la posibilidad
de convivencia. Ante el desprestigio generalizado de nociones
decimonónicas como la de raza para invocar la necesidad
de una separación entre grupos sociales, la cultura adquiere
esta nueva posibilidad de distinción y separación
social.
Esta ponencia se propone rastrear y explorar algunas relaciones
entre raza, cultura y migración. Examinará los argumentos
que entienden las diferencias culturales como rasgos naturales
que impiden el diálogo y la convivencia entre "grupos
migrantes" y "grupos receptores", argumentos que
afloran de manera especial en los momentos de contacto estimulados
por las oleadas migratorias. Abordaremos el empleo político
de estas categorías y discutiremos su pertinencia.
En este ejercicio, la crítica de la categoría "cultura"
ocupa un lugar importante - especialmente como categoría
esencializada- que al ser vista como inmutable, natural y fija,
adquiere las mismas características del concepto de raza.
Este es el proceso que se entiende como raciación de la
cultura (Guillaumin, 1972), por el cual se confieren valores "raciales"
a algunas poblaciones humanas a las que se impone un estereotipo
a través del cual se explica su conducta, sus gustos, sus
posibilidades sociales, etc.
El concepto de raza ha tenido diferentes empleos y significados,
pero su formulación inicial quería dar respuesta
a la variabilidad humana, a través de la biología,
en un concepto muy cercano al de especie y subespecie. Sin embargo,
para el siglo XX se demostró que dicho concepto no era
aplicable a los humanos ya que su material genético era
universalmente intercambiable y que rasgos secundarios como el
color de piel, no imprimían una diferencia genética
importante. Sin embargo, el concepto de "raza" no sólo
fue de gran eficiencia en la explicación decimonónica
de la variabilidad humana, sino que opera en el mundo contemporáneo,
así sea formalmente (racismo sin razas, por ejemplo).
Las diferencias en la organización social, en la cosmovisión,
en los sentidos y significados con que entendemos la vida social,
el carácter, los valores y las prácticas no sólo
fueron asumidas como propias y específicas de algunas poblaciones,
sino que se les describió con una fijeza y sobredeterminación
tal, que las características culturales se volvieron casi
genéticas. Así quedaba claro en expresiones como
que la Cultura es la segunda naturaleza de los pueblos. En vez
de permitir toda su riqueza y creatividad, este concepto de Cultura
se convertía en un determinante de la vida social de los
grupos humanos.
Siguiendo esta idea, la categoría de cultura, ha adquirido
muchas veces una inmovilidad, que la acerca a la categoría
de "raza". Además se asume como una realidad
política equivalente a un estado nacional, es decir a cada
nacionalidad corresponde una cultura. Las minorías dentro
de esos estados nacionales poseen nominalmente los mismos derechos
políticos pero difieren substancialmente en sus prácticas
culturales. Así existiría una cultura mayoritaria
nacional, ya sea colombiana, ecuatoriana o española, acompañada
en la escena nacional de otras minorías, con frecuencia
étnicas o políticas. Pero en el caso de los refugiados
y de los migrantes, las sociedades receptoras tienden a oponer
su cultura nacional frente a la de los migrantes.
En el contexto del multiculturalismo y la migración, las
diferencias entre grupos sociales se caracterizan por el lugar
de origen de las poblaciones. Es decir bajo el rótulo de
la nacionalidad chino, peruano, etc se elabora una identidad cultural
para los individuos borrando otro tipo de diferencias de género,
de clase social, etc. Esta nueva identidad es funcional, sirve
para ubicarlos dentro de los esquemas morales y jerárquicos
de la sociedad receptora.
De esta manera, el empleo contemporáneo del concepto "cultura"
no abandona el deseo de dar una idea de la distribución
jerárquica del mundo -como en otro momento lo hizo la raza-,
razón por la que analistas sociales contemporáneos
como Walter Mignolo ven con desconfianza el concepto de cultura
ya que:
Cultura constituye justamente una palabra clave para la
clasificación del planeta según los discursos
coloniales, especialmente a partir de la segunda ola de la expansión
colonial, de acuerdo con un sistema de signos (lengua, comida,
vestimenta, religión, etc.) y la etnicidad (color de
piel, localización geográfica). La palabra cultura
se convirtió, desde el siglo XVIII hasta 1950 aproximadamente,
en un término a caballo entre naturaleza y civilización.
Más tarde, la cultura se ha convertido en la otra cara
de los intereses capitalistas y financieros. (Mignolo 2003:
74)
En el origen de la diferencia colonial, se combinaban las distinciones
entre raza y cultura como un mecanismo eficaz para administrar
las poblaciones. Paradójicamente estas diferencias enmascaran
otras diversidades anteriores al proyecto colonial y continúan
oscureciendo la diversidad de elementos que se conjugan en la
conformación de identidades, especialmente en situaciones
como las producidas por los movimientos migratorios más
recientes.
Así mismo las narrativas a través de las cuales
se expresan las diferencias, en el caso de los migrantes, tienen
un referente ontológico tal, que la imposibilidad de convivir,
se vuelve algo "natural", no un resultado social y humano,
sino preestablecido.
1. Identidad a través del lugar de origen
A pesar de la enorme fuerza política que tienen los discursos
multiculturalistas en el mundo contemporáneo, la noción
de cultura no opera de la misma manera ni posee los mismos valores
entre los diversos grupos sociales. Como remanente de antiguas
relaciones coloniales, los grupos a los que se les reconoce una
fuerte cultura son los subordinados. Aquellos que se diferencian
culturalmente de un genérico ethos nacional, son precisamente
aquellos subalternizados a través de relaciones históricas
de dominación. Los que portan las marcas de la diferencia
son los sujetos subalternos. Estas marcas son de clase, de género,
etc.
Pero en el contexto de las migraciones, la marca principal con
la cual se los diferencia es la cultura, caracterizada ya no como
una red de significados socialmente compartidos sino como una
consecuencia natural del lugar de origen, de la geografía
de los nacimientos. La dupla conformada de un lado por la cultura
y de otro por el lugar de origen se convierte a la
vez en una marca de identidad para los migrantes y en una expresión
de las diferencias "naturales" entre los grupos sociales
que conviven a partir de los procesos migratorios.
Por oposición, los grupos hegemónicos no están
marcados por las diferencias culturales, o en cualquier caso estas
marcas los ubican en otro nivel jerárquico. Sus marcas
de origen/cultura parecen ser percibidas como menos llamativas:
menos ruidosas, más propicias para la convivencia. Los
sujetos dominantes no aparecen con marcas de distinción
porque se constituyeron a si mismos como sujetos universales.
Para ejercer sus derechos de ciudadanía, no necesitan de
ninguna justificación, mientras los subalternos deben echar
mano de la fuerza de sus identidades culturales para reivindicar
estos derechos.
Las reivindicaciones de muchos de los grupos subalternos, entre
ellos los migrantes, son de clase, de acceso a recursos públicos,
de aceptación y reconocimiento de sus derechos civiles.
Históricamente, la diferencia colonial los ubicó
en un lugar de subordinados. Pero en este momento, al expresar
sus reivindicaciones en términos culturales logran englobar
sus derechos civiles y de ciudadanía. De esta forma, la
pertenencia a agrupaciones religiosas, a redes de mujeres y otras
formas de asociación cultural les permiten a los migrantes
obtener conquistas en otros ámbitos sociales y económicos.
En este sentido, la cultura resulta un fenómeno fluido
y cambiante, capaz de dinamizar procesos y con una amplia esfera
de influencia. No es el origen común lo que determina la
identidad de los migrantes, sino son los procesos a través
de los cuales construyen redes de apoyo y de solidaridad social
para lograr beneficios comunes. En este sentido, la identidad
cultural parte de la comunidad de intereses y de la necesidad
de enfrentar situaciones semejantes.
En contraste con la fluidez, creatividad y diversidad con que
los migrantes configuran su identidad, los grupos más conservadores
dentro de las sociedades receptoras, tienden a identificarlos
con culturas acabadas y perfectamente definidas por el lugar de
origen, tal como si luego de decir que alguien es mexicano no
hubiera nada más que agregar. Las diferencias entonces
se organizan en jerarquías en las cuales persiste la noción
decimonónica de cultura como civilización. Es decir,
existirían culturas, como por ejemplo las latinoamericanas,
"naturalmente" propicias a la algarabía, la música,
la comida olorosa, el hablar con altos volúmenes que se
opondrían a otras culturas propias del silencio, la introspección
y la individualidad. Estas diferencias que se atribuyen a la cultura
se naturalizan y se convierten en características inamovibles,
pero a su vez se organizan en escalas de valores por las cuales
se privilegian ciertos patrones como más deseables.
Tal ocurre con la migración interna en Colombia donde
en ciudades como Bogotá, las personas provenientes de las
costas atlántica o pacífica son rechazadas como
compañeras de vivienda, no esgrimiendo el argumento de
comienzos de siglo sobre la raza "no quiero vivir con negros".
En su lugar es mucho más eficaz y menos impresentable decir:
"los costeños son fiesteros y ruidosos, esa es su
cultura". El mismo ejemplo sería válido para
los barrios hispanos en Nueva York. Al acudir a la cultura como
forma de explicitar la diferencia, parece quedar en claro que
no se es racista, porque no se acuden a las diferencias genéticas
sino a otro conjunto de características, más misteriosas,
cuyos formas de operación como mecanismos de exclusión
no han sido aún develados.
Pero el asunto de la nominación de la diferencia es más
complejo. ¿Cómo nombrarla sin establecer jerarquizaciones
implícitas? ¿Cómo medir la discriminación
hacia los migrantes en naciones de mayoría caucásica,
donde generalmente los migrantes son latinos, asiáticos
y africanos? Allí las categorías étnicas
y raciales parecen ofrecer la respuesta más obvia. Sin
embargo, en investigaciones que se han planteado también
la necesidad de medir la discriminación que viven los migrantes
en Francia a través de marcar a los sujetos empleando categorías
étnicas o raciales, se ha encontrado que esa intención
de establecer marcas que diferencien es asumida a su vez como
un acto de discriminación (Simon, 2002). Sigue latente
el problema de la categoría inmigrante, que oculta otra
serie de categorías (clase, raza, género) y que,
en este caso, no permite medir formas de exclusión social.
La tensión producida por las definiciones esenciales de
cultura se manifiesta también en los conflictos que se
suscitan entre las identidades colectivas y las individuales.
En contextos como el de las migraciones, los grupos pueden apelar
a las definiciones esenciales para lograr mayor visibilidad y
cohesión política. Pero desde el punto de vista
del individuo, estas identidades se convierten en formas opresivas,
puesto que debe asumirse las consecuencias cotidianas no sólo
ante otros grupos sociales, sino ante el propio. Entonces, algo
tan vital como la cultura comienza a ser entendida en los mismos
términos en que se entiende la religión: como un
conjunto de prácticas tradicionales que deben ser seguidas
al pie de la letra con lealtad, porque de lo contrario se puede
declarar al individuo como traidor, blanqueado, asimilado.
La diferencia ha sido esencializada y continúa siéndolo.
No hemos logrado construir caminos de reflexión para pensar
la diferencia que no pasen por la repetición de esquemas
coloniales. Los discursos multiculturalistas han contribuido a
que la diferencia sea presentada a través de capitales
simbólicos que se pueden consumir, aunque la convivencia
entre las personas continúe pensándose y representándose
como imposible.
El multiculturalismo ha permeado las narrativas sobre la cultura
y la diferencia, pero ha carecido de una reflexión sobre
el poder, la dominación y la desigualdad. Oculta estas
relaciones, mientras presenta a las culturas como iguales en derechos
sin poner en cuestión la profunda jerarquización
que opera en las clasificaciones. A su vez se ha convertido en
un discurso válido tanto para los Estados como para los
grupos sociales. Así, los grupos subalternos necesitan
construir narrativas a partir de estos esquemas morales, ya que
para justificar sus reivindicaciones necesitan "demostrar
lo bueno que han sido" (construcciones idealistas de su historia)
y ajustarse al molde de la diversidad cultural. Esta necesidad
de justificación de sus diferencias se convierte en una
forma de inferiorización, porque insistimos nuevamente,
es el único recurso señalado de acceso a la ciudadanía.
2. Cómo la migración afecta la definición
de cultura
Abordar el tema de la movilidad y las migraciones supone una
doble reflexión. En primera instancia, nos invita a pensar
cómo pueden las situaciones características de la
migración arrojar luces y complejidades sobre la dimensión
teórica del análisis cultural. En segunda instancia,
cómo el análisis social contribuye a pensar el movimiento,
voluntario o forzado, de poblaciones humanas.
En un lugar central se encuentra la reflexión sobre las
identidades culturales. El análisis contemporáneo
nos sugiere que no se trata de categorías surgidas naturalmente,
a partir de nociones imaginadas como la de Estado. Esta conceptualización
ya se encontraba presente en Hanah Arendt, quien cuestionaba la
existencia real y el respeto de los derechos mínimos para
aquellas personas cuyos Estados desaparecieron en la primera posguerra.
Una vez desaparecido el Estado, también la nacionalidad
y con ella, la posibilidad de protección de las libertades
y los derechos de aquellos que ella denomina apátridas.
Sin embargo, las identidades de los migrantes continúan
fuertemente ancladas a sus territorios de origen, ya sean reales
o imaginados. Sobre todo desde el punto de vista de las políticas
públicas hacia la migración, el lugar de origen
continúa siendo una forma de clasificar a las poblaciones
migrantes y en diáspora. A pesar de las complejas redes
que tejen los migrantes que abarcan diferentes países e
incluso diferentes generaciones, la situación de los migrantes
continúa siendo vista como temporal.
Pero en el campo del análisis cultural, las migraciones
han contribuido a que se haya producido una ruptura en la relación
directa y naturalizada entre conceptos como territorio, Estado
e identidad. Los seres humanos pareceríamos pertenecer
a un territorio, dónde nacimos o dónde nuestros
padres nacieron. Y como consecuencia de esa pertenencia territorial,
entonces nos hallamos a su vez adscritos a un estado que domina
y posee ese territorio. Y pro supuesto de lo anterior se desprende
que a ese territorio corresponde una cultura y una identidad cultural
única.
Lo que revela la historia de siglos y siglos de migraciones es
que los seres humanos pueden habitar más de un territorio,
y ser leales y mantener relaciones afectivas, familiares, económicas
e incluso políticas con más de un territorio, con
diversos estados y por supuesto con culturas tan disímiles
como la ecuatoriana o la china. Esta realidad de ciudadanos más
allá de una sola nación ha sido entendida como una
nueva forma de ciudadanía posnacional. El concepto remite
a una crisis en los estados naciones como aglutinadores de la
conciencia y la identidad y propone una forma de entender las
relaciones entre la ciudadanía, el territorio y la cultura
que van más allá de los límites de la nación.
Una vez que se acepta que en medio de la globalización
cultural y de comunicaciones, se ha producido una fracturada en
la unidad natural entre estado, nación, ciudadanía
y cultura, comenzamos a interrogarnos acerca de cómo aparecen
y se sustentan esas nuevas identidades de los migrantes en contextos
trasnacionales y posnacionales.
En el campo de las Ciencias Sociales importantes autores (Brettel
2000) plantean una aproximación desde múltiples
disciplinas que desplaza el tema de la migración desde
los márgenes hasta actualizarlos como centro de debate
y cómo posibilidad de construcción teórica
en la Sociología, la Historia y la Antropología.
En efecto, en el caso de la Antropología, la migración
permite poner la cultura en movimiento, es decir entenderla como
dinámica y fluida. Así mismo, acercarse a los sujetos
que se mueven entre diferentes naciones, a sus acciones y prácticas
y a la forma cómo los vínculos y las relaciones
sociales construyen identidades y territorios por fuera de los
límites de los Estados Nacionales.
El estudio de las migraciones ha tenido la capacidad de estremecer
las nociones funcionalistas persistentes en el análisis
social. La actual condición de movilidad de los sujetos,
su itinerancia por diferentes territorios, rompe con las miradas
sociológicas que teorizaban la migración como un
movimiento que comprendía sólo a dos sociedades,
una de "emisión" y otra de "recepción".
Las diásporas han mostrado la existencia de una amplia
diversidad de posibilidades en el desplazamiento que siguen los
migrantes, quienes viajan a través de diversos territorios,
probando posibilidades económicas y laborales. Los migrantes
chinos por ejemplo, con frecuencia aceptan llegar a países
intermedios antes de lograr entrar en Estados Unidos, en dónde
les dan una negociada construcción del sueño americano.
No se trata de un fenómeno bipolar, donde las poblaciones
de los países pobres emigran una vez y para siempre hacia
los ricos, buscando quedarse allí para siempre. En su lugar
se producen desplazamientos sucesivos, migraciones que recorren
varios territorios, regresos, etc. Muchos migrantes desean volver
a sus lugares de origen después de una vida de trabajo
en otros países. Pero de allí surge precisamente
el hecho de que las personas que migran posean más de una
fidelidad nacional, socavando de esa forma la idea tradicional
de estado nación, más de una identidad cultural,
socavando la noción de cultura nacional.
Esta reflexión conduce a someter a revisión las
nociones clásicas de etnicidad como un concepto atado a
territorios inamovibles, sino más bien como una negociación
que incluye un proyecto de reflexión sobre los sujetos
en condiciones de globalidad y movilidad. Los migrantes poseen
identidades culturales que no se hallan supeditadas a un territorio
y una nación sino a redes familiares y grupos de solidaridad
social.
Así que si bien las ciencias sociales han permitido abordar
el tema de la movilidad y la migración, la fuerza con que
se manifiestan estos nuevos movimientos sociales ha producido
un remezón en los conceptos clásicos de la academia.
Más aún, pensar las migraciones ha llevado a replantear
la cultura como unidad de análisis. Bien podría
ser que la cultura sea un artificio que oculta las relaciones
sociales, las redes y las prácticas que generan pertenencia,
solidaridad e identidad entre los grupos que no se hallan atados
a los territorios.
3. Naturalización de las diferencias y políticas
migratorias: reactivación de la raza/racismo
El fenómeno de las migraciones en un espacio de observación
privilegiada de esta representación y práctica de
la diferencia que hemos explorado. Sin duda, los fenómenos
relacionados con la migración, especialmente desde la periferia
hacia el centro, pusieron en el debate nuevamente el problema
del racismo, para muchos un problema del pasado relacionado con
eventos extremos de las historias de ciertos países (nacismo
alemán, apartheid sudafricano, discriminación en
Estados Unidos, etc.).
Para el caso francés, Etienne Balibar emplea el concepto
de neo-racismo, entendido como una serie de nuevos procesos discursivos
y medidas de hecho que funcionan como políticas de exclusión
para los migrantes (1991:17). Evidentemente los migrantes son
percibidos como extraños, pero muchas veces esta extrañeza
se torna en una relación particular que construye a los
otros como razas, tal como se ha venido discutiendo a lo
largo de la ponencia. Esta diferencia los distancian de los habitantes
originarios, si es que incluso esas costumbres atribuidas no son
la explicación de la imposibilidad de la convivencia entre
grupos antiguos y más recientes.
En Francia la categoría Origine reemplaza las diferencias
étnicas y raciales, y funciona como una especie de concepto
que reemplaza el hecho de ser diferente, pero sobretodo ser de
otro lugar, que se desliza fácilmente en ser de otra "raza".
Como lo señala Balibar, en ocasiones "el funcionamiento
de la categoría de inmigración como un suplente
para la noción de raza" (1991:20), se suma a las expresiones
que él llama un "racismo sin razas", el cual
tiene en su base una relación colonial, que en tiempos
de descolonización toma nuevas formas.
Otra posible mirada del asunto de la raza y la migración
es la configuración del trabajo a nivel transnacional.
Si bien los migrantes se convierten en un problema para ciertos
países, también le son necesarios en ciertos momentos
y en cierta medida. En el caso de Europa y "de todas las
áreas que experimentan crecimiento rápido, se ven
obligadas a traer fuerzas suplementarias de mano de obra desde
fuera" (Sassen, 1999:9). Esto ocurre porque los migrantes
frecuentemente ocupan sectores del trabajo, como los oficios domésticos
y una serie de trabajos materiales, que ya los originarios no
hacen debido a que se dedican a oficios de mayor calificación
técnica y que obviamente son mejor pagados. Se reconfiguran
entonces nuevos mapas de la desigualdad a través del trabajo,
como una especie de clases transnacionales.
Lo que se añade a esta caracterización para relacionarlo
con la "raza", es que esas clases transnacionales no
son independientes de las relaciones históricas coloniales
y que esa ubicación corresponde con algún tipo de
"mapa cultural". En los contextos laborales donde se
ubican, los migrantes se asocian con una raza específica
y con una posición de clase específica, borrando
a través del estereotipo las múltiples posibilidades
de los sujetos reales. Estamos hablando de latinos en Estados
Unidos y de africanos en Europa. Esta aprehensión de los
migrantes, los hace deseables e indeseables (aunque no todos lo
son de la misma forma: japoneses en Estados Unidos y haitianos
en Estados Unidos, por ejemplo), situación que les da esa
carácter de "huéspedes y forasteros" al
tiempo (Sassen, 1999), pero en todo caso su permanencia sólo
es deseable si algún día se van.
Las medidas en este sentido se orientan en muchos casos a conservar
a esas poblaciones en ese nivel de la producción, pero
evitando al máximo que permanezca en esos países.
Ha habido soluciones eficaces al respecto, como llevar las industrias
transnacionales a los países de la periferia. La lejanía
muchas veces, resuelve de manera momentánea el problema
de convivir con la diferencia, ya que el estrecho espacio real
que se comparte confronta de manera más directa el rechazo
por lo diferente y la exaltación de lo propio como superior
y verdadero.
4. A manera de cierre: el reto de convivir con la diferencia
Esta reactivación del racismo, a la que aludimos, surge
en un contexto en el que los nacionalismos aparecen con un nuevo
ímpetu, pero los discursos racistas no son bien recibidos
en la civilidad contemporánea, por lo que algunos
grupos sociales recurren a nuevas maneras de hablar sobre la "raza"
y sobre la inferioridad de ciertas poblaciones, sin mencionar
la "raza" y sin sugerir la inferioridad. Uno de los
recursos más usuales es el reemplazo de "raza"
por cultura expresado en una forma de racismo cultural
(Bretin, 1992) (Balibar, 1991) y en procesos de raciación.
Como lo plantea Balibar, si bien hay un substrato común
de los "actos viejos de racismo" y subyacen ideas basadas
en las teorías biologicistas, en el momento se operan nuevos
recursos formales (1991). Agregaríamos además que
la dispersión, complejidad y soslayamiento de esas nuevas
formas lo hacen menos aprehensible y más fácilmente
confundible con otras formas de exclusión social.
En el contexto de las migraciones transnacionales, pero también
del desplazamiento forzado y la movilidad geográfica interna,
nos queda el reto social y político de convivir con la
diferencia. Este reto nos invita a elaborar nuevas teorías
y prácticas sobre la diferenciación, ya que las
alternativas que se nos aparecen: asimilación, homogeneización,
colonialismo... por un lado, y etnocentrismo, nativismo, nacionalismo...
o las que pretenden ser incluyentes de las diferencias como el
multiculturalismo, no han superado su sesgo esencialista o su
ocultamiento de las relaciones de poder. En esta nueva comprensión
las ciencias sociales, y la antropología especialmente,
como disciplina interesada en la alteridad y la diferencia, tiene
un gran aporte que hacer en la revisión de la manera como
estudia la diferencia. Pero también tiene mucho que dejar
de hacer, cuando continúe en la revisión
de su andamiaje teórico y porgue lo que de él contribuye
a la naturalización de la diferencia y a la perpetuación
de lógicas coloniales.
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Abya - Yala. Quito.
*Mercedes López Rodríguez.
Antropóloga. Docente universitaria. Funcionaria del Ministerio
de Cultura en el Museo de Arte Colonial de Bogotá. Los
argumentos presentados en esta ponencia son fruto de largas horas
de discusión, elaboración, reflexión y escritura
con el antropólogo colombiano Franklin Gil. Ponencia presentada
en la II Conferencia regional "Migración, desplazamiento
forzado y refugio", Universidad Andina Simón Bolívar,
Quito, septiembre 1, 2 y 3 de 2004.
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