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Quizá una alegoría pueda ser el mejor comentario
al título de esta ponencia: En cierta ocasión un
multimillonario que se había apropiado de los recursos
naturales de la región cuyos habitantes, antiguos dueños
de esas tierras, habían pasado a ser los empleados de la
gran industria montada en esos territorios por el magnate. A través
de un sistema de créditos otorgados a estos empleados,
el patrón retenía el cincuenta por ciento de sus
exiguos salarios para cobrarles la deuda. Ocurrió que el
multimillonario envejeció, así como su único
hijo, ambos enfermos de una dolencia hereditaria que sólo
podía paliarse mediante permanentes transfusiones de sangre.
La necesidad de sangre era tan exigente que todos los trabajadores
y sus familias vendían constantemente su sangre para dar
vida al anciano y a su descendiente. Desgraciadamente algunos
de los trabajadores morían en los intentos de transfusión,
y muchos de sus familiares estaban anémicos. Con los recursos
obtenidos los trabajadores lograban comprar los productos de la
industria y tener un poco de confort y entretenimiento en sus
hogares. Con el título de la Ponencia he querido, de entrada,
resumir los efectos que se están produciendo a consecuencia
de la movilidad de millones de personas en su éxodo desde
el sur subdesarrollado y empobrecido al norte industrializado
y opulento de este planeta globalizado bajo la inspiración
y tutela de los modelos neoliberales de libre mercado. El título
expresa también la relación de los efectos que se
producen en las sociedades de origen y las sociedades receptoras.
Nunca será suficiente insistir en la visualización
las causas estructurales que generan los movimientos humanos contemporáneos.
El desequilibrio poblacional y el desequilibrio económico
Norte - Sur. Estos dos desequilibrios simbióticamente emparentados
y amalgamados dan como resultado lo que acabamos de decir. El
sur, joven y vital está inyectando vida a un norte envejecido
y opulento. Entonces aparecen con claridad las dos grandes consecuencias
sociales que se perciben simultáneamente en los países
de expulsores y en los receptores: Mientras las sociedades expulsoras
se desestructuran y desmantelan, las sociedades receptoras se
fortalecen y consolidan. Todo lo demás que podamos decir
no son más que derivaciones y manifestaciones de este enunciado
que acabamos de hacer.
Marco económico de la migración
Antes de entrar en algún detalle sobre las consecuencias
sociales de la movilidad y por estar unidas íntimamente
a las consecuencias económicas es necesario describir y
caracterizar someramente el marco económico que está
produciendo la migración en el contexto de una globalización
concentradora y excluyente. En pocas palabras, hablando de los
países latinos y caribeños, y lo mismo se puede
decir de algunos países africanos, estas sociedades trabajan
y se ganan el salario en los países receptores para sostener
a sus familias en los países de origen. Lo testimonian
lo miles de millones de dólares que se transfieren del
norte a sur en las remesas. Sin embargo hay que anotar que cada
vez más estas remesas sirve para entrar en una espiral
consumista de los bienes producidos en el norte y servidos a la
población tercer mundista mediante los mecanismos y la
jerga publicitaria de los tratado de libre comercio. Esto evidencia
que no solo la presencia de los sureños en el norte apalanca
el progreso económico de las sociedades receptoras, sino
que también las remesas lo hacen en una proporción
cada vez mayor.
Consecuencias sociales de la migración
Dicho esto podemos desagregar las consecuencias sociales en los
países de origen y de destino. En los países de
origen la desestructuración y desmantelamiento de las sociedades
es evidente en las zonas con altos índice de migración:
pueblos enteros diezmados por la ausencia de varones, jóvenes
y hasta de mujeres donde sólo han quedado los abuelos y
tíos viejos que esperan morir y los niños que esperan
cumplir la edad para poder viajar. En estas comunidades ya nada
es posible, han desaparecido las comunidades y las organizaciones
de base, ya solo queda un remanente que vive a expensas de las
exiguas y medidas remesas de los familiares en el exterior junto
a otros en la miseria porque sus familiares ya les olvidaron.
En las comunidades con índices medios de migración
o de migración más reciente, el fenómeno
es sentido con énfasis en la problemática de la
destrucción familiar: los largos períodos de ausencia
alimentados por una comunicación deficiente y plagada de
chismes y recelos terminan en un alto porcentaje en la separación
definitiva de los esposos y hasta en el abandono de las responsabilidades
económicas. En estas comunidades se siente también
la pérdida de la vitalidad y la fortaleza del tejido social:
debilitamiento de las organizaciones, de la participación
política; una enorme dependencia de las decisiones que
son tomadas y controladas desde fuera vía celular.
Las consecuencias del debilitamiento del tejido social tiene
graves repercusiones en los cambios de roles de los remanentes
familiares, en los aspectos sicológicos del comportamiento
que revelan graves tensiones, angustias, depresiones que llegan
hasta el suicidio en adultos, adolescente y hasta niños.
El desarraigo cultural, la baja autoestima, la falta de futuro
en el propio terruño, son un caldo de cultivo para la migración
de las nuevas generaciones y las hacen permeables a la avalancha
de una cultura extranjerizante y a los valores de la sociedad
del consumo y del placer. Escamoteando esta realidad, de la que
normalmente la familia afectada habla poco, se robustece cada
vez más la red social de los grandes beneficiarios del
la movilidad: prestamistas, coyotes, abogados, notarios, dueños
de agencias de correo paralelo, compañías de viajes,
quienes gracias a la acumulación y concentración
del dinero de la migración, con un pie en el país
de origen y otro en el de destino, fungen como los nuevos lideres
de una sociedad aparentemente opulenta con unos recursos económicos
que sirven para el desarrollo del propio país sino que
más allá de la ostentación solo sirven para
continuar financiando el tráfico de personas, mientras
que economistas y políticos discuten sobre las estrategias
para captar los miles de millones de dólares de las remesas.
En los países receptores, ocurre el fenómeno contrario,
el debilitamiento del tejido social y la anemia de las sociedades
expulsoras, repercute en el fortalecimiento y la reestructruración
de las sociedades receptoras, no sin problemas pero con marcados
signos positivos. La sangre joven del sur llega a vitalizar las
sociedades receptoras, a dinamizar los procesos económicos
y sociales. En los lugares de más antiguo destino comunidades
enteras ha recreado la vida de sus lugares de origen, han reestructurado
sus familias por reconstitución ("familias colage")
o reagrupación familiar, han reinstalado sus costumbres
sociales, culturales y religiosas. Los estados de Nueva York,
Nueva Jersey, Conneticut, Massachuset son cada vez más,
socialmente hablando, como una colcha variopinta a cuadros, tejida
de comunidades hispanas, caribeñas, negras, en las que
también hay algunos manchones anglosajones. Estas comunidades
han fraguado un mestizaje económico-cultural entre los
usos valores y símbolos de origen y los usos valores y
símbolos de las sociedades receptoras. Estos espacios ya
estructurados son las cabezas de playa para nuevos migrantes,
quienes encuentran apoyo y orientación para iniciar su
nueva vida. En estas comunidades, las nuevas generaciones, que
ya gozan de la ciudadanía del lugar de acogida, van poco
a poco empoderándose de los espacios económicos,
sociales y aún políticos de su nuevo mundo.
No es tan fácil para otros que inician una tradición
migratoria en su comunidad de origen, o se convierten en pioneros
de nuevos lugares de destino. Estos tienen que pagar el precio
por el que todos han pasado: un trabajo esclavizante, el desarraigo
de la familia y la comunidad, la soledad y la añoranza;
el ostracismo de la indocumentación que los sitúa
en la condición de prisioneros de una cárcel sin
rejas que les impide volver a su patria y que les pone en la disyuntiva
de atraer su patria hacia ellos o olvidarla para siempre. La angustia
de pagar la deuda, el sueño de hacer la casa y la esperanza
de lograr lo que otros lograron les da fuerza para mantenerse
en la lucha. En la medida en la que se van construyendo las redes
de acogida, la vida social va mejorando. Empiezan a surgir las
organizaciones religiosas, deportivas y sociales, muchas veces
para reproducir la viveza criolla y medrar de los nuevos recién
llegados, para también apoyarse y servir a los intereses
de la nueva colonia.
Hablando de las organizaciones sociales en los países
receptores se pueden tipificar cuatro tipos de organizaciones:
Una, la de los pícaros, que se organizan para aprovecharse
de las necesidades e ignorancia de sus propios compatriotas, una
segunda, la de los "fiesteros": comités cívicos,
club deportivos, asociaciones de "priostes" para fiestas
religiosas, que reproducen la virtudes y corruptelas de sus sociedades
de origen y se benefician social y económicamente de su
liderazgo. En los últimos años han comenzado a surgir
un tercer tipo de asociaciones, que, en convenios con los poderes
locales brindan servicios a sus comunidades, sobretodo en Europa.
Hay también, felizmente, asociaciones en la que con presencia
de elementos críticos y capaces, están incidiendo
en la lucha política e ideológica para hacer desde
la migración su contribución para ese "otro
mundo posible". Hay que decir, sin embargo, que la conciencia
y la participación política de los migrantes en
sus lugares de destino es más bien baja.
Quizá todavía haya que añadir algún
detalle a la alegoría del comienzo, para completar el cuadro
de las circunstancias en las que se da la movilidad Sur - Norte.
Resulta que el hijo del magnate es alérgico a la sangre
que necesita para vivir y el amoroso padre somete a sus trabajadores
a una serie de tratamientos y controles que hacen de su vida un
verdadero calvario. La ideología que inspira las políticas
y las leyes migratorias es tan ciega, y las políticas y
leyes migratorias son tan incoherentes con las necesidades reales
de la movilidad humana, que esta es percibida y vivida mayormente
desde sus efectos negativos, desde los incalculables costos humanos
y sociales que produce. El hispano en los Estados Unidos, el africano
o árabe en Europa, ha de enfrentar con frecuencia el rechazo,
la exclusión y hasta la xenofobia. Actitudes hostiles hacia
los migrantes no solo se ejercen desde la estructura del Estado
a través de leyes injustas y discriminatorias, sino también
por parte de algunos sectores de la población civil, sobretodo
cuando la alta concentración de migrantes en un determinado
lugar entra en competencia con los pobres autóctonos que
ven menguadas las prestaciones sociales del Estado, al tener que
compartirlas, en desventaja con los recién llegados. Otro
factor que da argumentos a favor de las actitudes antimigración
son los comportamientos antisociales o culturales de algunos migrantes
que son muy publicitados por la prensa y capitalizados por los
políticos de derecha.
Conclusión
Si hablamos de las consecuencias sociales de la movilidad humana
no podemos dejar de referirnos a las que son producidas de manera
forzosa y violenta por las situaciones de guerra internacional,
violencia de los estados, rivalidades étnicas y hasta religiosas.
Todos los días, si sabemos prestar atención a las
noticias que se filtran en los noticieros controlados de las grandes
agencias de la información. Situaciones de catástrofe
humanitaria son denunciadas por ACNUR en países como Colombia,
Israel, varios países africanos y asiáticos. Estos
desastres son producidos por las secuelas de la liquidación
del período colonial de los siglos pasados, en unos casos,
o por las acciones del neocolonialismo norteamericano, en otros.
Millones de personas desplazadas y refugiadas, tienen que ser
acogidas en países vecinos también pobres obligados
compartir sus exiguos recursos. Sólo estando allí
y viviendo la vorágine de los bombardeos a civiles, las
limpiezas étnicas y religiosas, en el día a día
de la muerte y el dolor, podríamos cuantificar las consecuencias
sociales que se producen.
Frente a toda esta realidad. No hay soluciones pequeñas,
parciales o bilaterales. O cambia la mentalidad mundial en torno
al hecho migratorio y el mundo globalizado empieza a tomar en
serio sus propios presupuestos teóricos adecuando sus leyes
y racionalizando la migración a fin de humanizarla en marcos
de justicia social y derechos humanos; O cambia el modelo económico
a nivel mundial para crear un modelo de globalización inclusivo
y participativo, o los 200 millones de migrantes, desplazados
y refugiados que hay ahora en el mundo irán aumentando
y convirtiéndose en un testimonio permanente de que las
cosas, como están, no funcionan más. Los foros sociales
han acuñado un eslogan evocador de sueños y estimulador
de energías: "Otro mundo es posible", "Otra
América es posible". Podríamos añadir:
"Otro forma de globalización es posible". "Otra
forma de manejar la movilidad humana es posible", en la que
los efectos negativos se minimicen y se potencien los efectos
positivos. Pero todo ello solo será posible en el contexto
de un nuevo orden mundial.
*Fernando Vega.
Sacerdote diocesano. Licenciado en Teología. Vicario de
la Pastoral social de la Arquidiócesis de Cuenca. 20 años
de experiencia en temas migratorios. Ponencia presentada en la
II Conferencia regional "Migración, desplazamiento
forzado y refugio", Universidad Andina Simón Bolívar,
Quito, septiembre 1, 2 y 3 de 2004.
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