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Las producciones audiovisuales son demasiado importantes como
formadoras de valores y de cultura como para ser consideradas
únicamente desde un punto de vista económico y comercial.
Nadie duda hoy del rol formador de cultura y de valores que en
la actualidad tienen las producciones audiovisuales en general
y el medio televisivo en particular. Las estadísticas reflejan,
sin ningún género de dudas, que la televisión
es hoy por hoy el único medio de acceso a la cultura y
a la información para un alto porcentaje de la población
en todo el mundo. Tampoco muchos pueden discutir la importancia
económica que el mercado audiovisual está adquiriendo
en el ámbito del comercio internacional, especialmente
a partir de los procesos de liberalización y desregulación
del sector y de la creciente consolidación de las industrias
audiovisuales en un cada vez más reducido, y a la vez más
poderoso, número de conglomerados mediáticos.
A partir de estas dos realidades nadie niega de dónde
surgen la disparidad y la diversidad de opiniones respecto a la
manera de afrontar la convivencia entre la importancia del papel
social y cultural ejercida por el audiovisual y su consideración
como mercancía sujeta a la libre producción, difusión
y comercio.
Uno de los principales debates al respecto se conforma en el
escenario que enfrentan, por una parte, a un creciente mercado
internacional de libre circulación de productos y servicios
y, por otra, a la protección de la diversidad cultural
como derecho universal. Mientras que la Organización Mundial
del Comercio (OMC) promueve esa libertad de comercio mediante
la prohibición de medidas proteccionistas, desde otras
instancias se reclama la excepcionalidad de las producciones audiovisuales,
que por su carácter cultural y conformador de identidad
se considera que no deben ser tratadas como cualquier otro tipo
de mercancía.
Desde estas posiciones se afirma que la aplicación estricta
de las directrices de la OMC da como resultado la subordinación
de los aspectos sociales y culturales a los comerciales. Tales
directrices suponen un peligro para las culturas más débiles,
que pueden llegar a desaparecer ante el empuje de una cultura
monolítica global.
Desde tal punto de vista se reclaman diferentes soluciones, principalmente
la exigencia de un anexo sobre la especificidad cultural en los
acuerdos de la OMC. También se manifiesta la necesidad
de promocionar políticas culturales en todos los países
y la aplicación de instrumentos como el de las cuotas de
pantalla o el de difusión en favor de las producciones
locales.
Otros abogan por un papel más activo de las entidades internacionales,
como la UNESCO, para equilibrar el actual poder de la Organización
Mundial del Comercio en este terreno.
El punto de vista divergente ante estas reclamaciones se personaliza
en Bonnie J.K. Richardson, vicepresidenta de la Motion Picture
Association of America. Richardson califica de infundados los
miedos despertados por la directiva de la OMC y considera que
"la OMC es un instrumento más flexible de lo que muchos
creen". Como ejemplo, la representante de la cinematografía
norteamericana considera el acuerdo bilateral de comercio entre
los Estados Unidos y Australia como un reflejo del buen equilibrio
entre la certeza demandada en los aspectos comerciales y la flexibilidad
en lo referente al plano cultural.
En Europa, donde el dominio de las producciones audiovisuales
norteamericanas parece provocar mayores preocupaciones, las diferentes
regulaciones y sensibilidades nacionales parecen enfrentarse a
la posibilidad de una regulación común que pueda
asegurar eficazmente su diversidad cultural. Mientras tanto, tal
y como señala la administradora de la Dirección
General de Educación y Cultura de la Comisión Europea,
Valérie Panis, "la respuesta europea no estriba tanto
en adoptar posturas contra el libre comercio como en la puesta
en marcha de políticas y programas como MEDIA", apostando,
como forma de fomento de la multiculturalidad, por la promoción
de la calidad de las diversas producciones nacionales y de la
cooperación entre los diferentes países europeos.
Pero, mientras que el principal eje del debate sobre diversidad
cultural parece darse entre los representantes de las políticas
europeas y la OMC, surgen también otras voces que añaden
puntos de vista diferentes a la discusión. Voces que reclaman
de los países ricos ayuda para proteger esa diversidad
cultural en los países en los que la cultura no es una
prioridad y la escasez de recursos hace que ni tan siquiera haya
producción audiovisual o política cultural que defender.
Voces como las de Moussa Keita, presidente del Consejo Superior
de Comunicación de Malí, quien, desde el pasado
colonial de su país y el de otros países africanos,
reprocha a Europa la misma colonización cultural que Europa
reprocha a Estados Unidos, o como la de Dima Dabbous-Sensenig,
profesora de comunicación de la Lebanese American University,
para quien "además de pedir la diversidad a escala
internacional hay que reclamarla también para el ámbito
nacional en favor de las diferentes culturas que puedan darse
dentro de las fronteras de un determinado estado o nación".
Pero no es sólo la diversidad cultural la asignatura pendiente
reclamada a los medios audiovisuales en este diálogo. Si
el derecho a la comunicación y a la información
es también un derecho universal, cabe demandar a estos
medios, tanto a los de gestión pública como privada,
el cumplimiento de obligaciones tales como la potenciación
de los valores democráticos, una mayor diversidad y calidad
en sus contenidos (especialmente los dirigidos a un público
infantil), el acceso a éstos por parte de personas con
discapacidades físicas y un reflejo de normalidad respecto
a las minorías sociales.
De nuevo, la diferente consideración entre usuarios ciudadanos
y usuarios clientes, entre el producto audiovisual como mercancía
y el producto audiovisual como servicio público, parece
ser la responsable de la gran distancia que hoy se constata entre
la realidad de lo que se ofrece desde los medios y las reclamaciones
anteriormente citadas.
Varias son las soluciones que se proponen para acabar con esta
situación. La primera de ellas es una mayor regulación
que compense los procesos de liberalización habidos desde
los años 80 y que, aunque han aumentado enormemente el
volumen de contenidos ofrecidos, han disminuido la capacidad real
de elección. Joan Majó, director general de la Corporació
Catalana de Radio i Televisió (CCRTV), defiende esta postura
argumentando que "no existe contradicción entre servicio
público y gestión privada, tal y como sucede en
otros ámbitos como, por ejemplo, en el de la educación".
Otras voces, sin dejar de apoyar la demanda de mayor regulación,
la matizan. Tal es el caso de Wolfgang Closs, director ejecutivo
del European Audiovisual Observatory del Consejo de Europa, quien,
además de insistir en la dificultadde una regulación
común europea, se pregunta si "ésta debería
afectar sólo a los contenidos o también a la distribución,
auténtico cuello de botella para muchos de la falta de
diversidad".
Otros puntos de vista menos proclives a otorgar mayores poderes
políticos en este terreno abogan por medidas que aseguren
las políticas públicas con un menor intervencionismo
y que permitan, en palabras de Josef Jarab, senador de la República
Checa y presidente de la subcomisión para los Medios de
Comunicación del Consejo de Europa, "combatir tanto
el monopolio económico como el político". Jarab,
quien citó el caso del monopolio mediático privado
y público que sufre hoy Italia, reclamó sobre todo
las condiciones adecuadas para la autorregulación del sector
y la responsabilidad de la clase periodística en su papel
de apoyo a determinados valores éticos y democráticos.
A este papel de responsabilidad, pero en el ámbito de las
audiencias, aluden también algunas opiniones, citando la
existencia de un usuario crítico como una de las posibles
soluciones para la mejora de la calidad de la oferta audiovisual.
Se aboga, en este sentido, por la formación de esta visión
crítica desde la escuela y por la constitución de
ventanas de opinión para poder expresarla.
Finalmente, también los nuevos medios, tales como las
televisiones locales o Internet, son propuestos como herramientas
de diversidad social y cultural, las primeras, como grandes promotoras
de esa diversidad desde la creación de contenidos próximos,
e Internet, por la posibilidad de expresión y comunicación
que ofrece a todo el mundo como medio interactivo y no pasivo.
*Artículo
de síntesis del dialogo "Comunicación audiovisual
global, diversidad cultural y regulación". Forum Barcelona
2004.
Fuente: http://www.barcelona2004.org/esp/eventos/dialogos/lista_dialogos.htm
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