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1. Introducción
Quisiera comenzar diciendo que este artículo intentará
realizar una lectura de "género" de la historia
de la juridicidad boliviana, para proponer algunos temas de debate
que considero pertinentes a la hora de discutir los "derechos
de los pueblos indígenas", y su estrecho vínculo,
tal como yo los veo -con el tema de los "derechos de las
mujeres" (indígenas, cholas, birlochas o refinadas).
En un primer momento, me interesarán los aspectos masculinos
y letrados de este proceso, que son los que han producido los
documentos conocidos como leyes de la República.
El derecho y la formación histórica moderna de lo
que se conoce como "espacio público", tienen
en Europa un anclaje renacentista e ilustrado a través
del cual re-nace el ser humano como Sujeto Universal (y masculino)
de la noción misma de "derecho". No otra cosa
significa el que "derechos humanos" de hoy, hayan sido
llamados en el siglo XVIII, "derechos del hombre" (droits
de J'homme). A esto se han referido autores como Derrida y
Butler, que nos hablan de una versión "falogocéntrica"
del Sujeto de la modernidad, el individuo ilustrado. Esta versión
estaría inscrita en la historia de occidente y habría
sido proyectada al mundo en los últimos siglos, a través
de multiformes procesos de hegemonía política, militar
y cultural.
He aquí un primer acto de colonización del género:
la idea misma de estos derechos nació ya teñida
de la subsunción (formal y real) de las mujeres en el hogar
gobernado por el pater familia. Rossana Barragán
nos ha ilustrado cómo, en la temprana República,
los legisladores bolivianos copiaron y adaptaron este modelo "victoriano"
de familia, sobre una matriz mucho más antigua de habitus
y representaciones (Barragán 1996). La imagen implícita
de las relaciones entre los géneros, incluye: a) varones
ocupados exclusivamente de la representación pública
de la "familia", en la que se subsume a la mujer ya
los hijos. Esto se plasma en la noción de patria potestad;
b) mujeres dedicadas exclusivamente a las labores reproductivas
y decorativas, enajenadas de su voluntad sobre si mismas y desprovistas
de voz pública propia. En el polo opuesto de esta imagen
se situaría a las "mujeres públicas",
como una cruel paradoja de sentido; y c) adolescentes y niños
sometidos a la autoridad vertical de los adultos, principalmente
del padre.
Las reformas liberales de fines del siglo XIX no hacen sino reforzar
este imaginario patriarcal, reactualizándolo con nuevas
leyes y códigos de comportamiento. Este proceso funda una
noción de "derechos humanos", anclada en la subyugación
de las mujeres, que se verifica a través de restricciones,
obliteraciones o arcaismos legales y multitud de prácticas
cotidianas que terminan negando la propia noción de derechos
humanos, en su aplicabilidad al sexo femenino. Así,
la tipificación penal del delito de violencia doméstica
en nuestras leyes, antes de la promulgación de una ley
para prevenirla y penalizarla (1995), resultaba castigando una
golpiza conyugal tan sólo a partir del 30vo día
de hospitalización o inhabilitación de la víctima!
Un ejemplo histórico de esta subyugación, que afecta
no sólo a las mujeres, ha sido la desigualdad institucionalizada
de los derechos de propiedad y herencia (a través de prácticas
como la primogenitura, la desigualdad entre hijos legítimos
e ilegítimos y la herencia patrimonial), que impusieron
los colonizadores y consolidaron los liberales a través
de la legislación. Figuras jurídicas como la "patria
potestad", por ejemplo, son la encarnación viva de
elementos de un derecho aún más arcaico y patriarcal,
implícito en los múltiples productos normativos
del catolicismo colonial. Además, la estructura del habitus
republicano, continuaba funcionando a través del eje invisible
de las "dos repúblicas" (la una de los súbditos,
la otra de los soberanos), que resultó encubierto y disfrazado
por la retórica del reconocimiento jurídico de la
igualdad del indio en 1874 (cf. Bourdieu 1993). En los hechos,
indios y mujeres accedieron a una forma degradada y restringida
de la ciudadanía, recién a partir de la revolución
de 1952, con la declaratoria del voto universal.
2. Nexos históricos entre la opresión colonial
y la opresión patriarcal en Bolivia
El último ejemplo que hemos analizado nos permite plantear
un segundo eje temático de la discusión: cómo
es que, históricamente, subyugación de las mujeres,
opresión de los pueblos indígenas y discriminación
a quienes exhibieran rasgos residuales de las culturas nativas,
se engarzaron mutuamente en cada habitante de la nación
boliviana. Cómo es que, en cada sujeto (colectivo o individual),
de esta "comunidad imaginada" Bolivia (cf. Anderson
1983), se construyó en las últimas décadas
al Sujeto de la modernidad basado en supresiones, omisiones y
rechazos a la constitución y a la historia psíquica
previa de las personas. Pongamos el ejemplo andino. Se ha documentado
en los Andes un sistema de género en el que las mujeres
tenían derechos públicos y familiares más
equilibrados con sus pares varones, los que comienzan a ser trastrocados
tan sólo en décadas recientes. Arnold y Yapita,
por ejemplo, han mostrado cómo la "modernidad"
(que llegó en los años 70 al ayllu Qaqachaka por
la vía de los "clubes de madres"), contribuyó
a crear una imagen maternalizada de las mujeres, en la que resultaban
desvalorizados sus saberse como pastoras, tejedoras y ritualistas.
Como resultado de ello, las nuevas generaciones Qaqa se casan
mucho más temprano, y las mujeres se han dedicado a tener
más hijos para obtener el apoyo y reconocimiento social
que han perdido por la crisis del pastoreo, el deterioro de la
actividad textil y la dispersión de las familias. Además,
en vista del creciente impacto de la emigración, una estrategia
"patriarcal" de los migrantes Qaqa a las ciudades o
al Chapare consiste en dejar preñadas cada año a
sus cónyuges para mantener el control sobre su fertilidad
(Arnold y Yapita, 1996, Arnold 1994). Resulta claro a través
de este ejemplo, que occidentalización y patriarcalización
de los sistemas de género, pueden leerse en los Andes como
dos procesos paralelos (Rivera [comp.] 1996).
Pero estas prácticas nos muestran también la lenta
internalización del modelo hegemónico de familia
en el tejido de las comunidades indígenas, y el rápido
cambio de conductas -demográficas, sociales, culturales-
que ellas han experimentado en el último medio siglo por
su inserción trunca y falaz en la "modernidad"
boliviana. El sistema de género en las sociedades andinas
-al menos tal como se ha documentado y reconstruido en la experiencia
etnográfica y etnohistórica-, exhibe un equilibrio
dinámico y contencioso, orientado normativamente por la
pareja andina. Esta relación entre los géneros se
funda(ba) en un sistema de filiación y parentesco bilateral
que esta(ba)n en la base de la polis indígena. Así,
el esquema bilateral de transmisión de herencia permit(ía)e
a las hijas heredar bienes y derechos por línea materna
(esto incluye, aún hoy, la tierra) mientras que los hijos
hereda(ba)n otro conjunto de bienes y derechos por línea
paterna. Se considera(ba) socialmente persona a cualquier adulto/a
en una unión conyugal, cuyo prestigio aumentaba con el
ciclo de vida, la ayuda laboral de los hijos y el paso de una
serie de cargos y responsabilidades rituales y productivas. El
balance entre generaciones también era(es) distinto, debido
a la preferencia del hijo/a menor para heredar la sayaña
o predio familiar, incluyendo la vivienda, en compensación
por haber tenido que soportar más años de atención
a los padres ancianos, frustrando aspiraciones migratorias o educativas.
Tanto mujeres como varones gozaban de derechos bilaterales en
la realización de rituales, siguiendo un ordenamiento simbólico
que proyectaba la dicotomía hombre/mujer a la naturaleza
y al cosmos espacio-temporal. En el nivel más desagregado
de las comunidades o ayllus, las mujeres participa(ba)n con voz
propia en el diseño simbólico y en los esquemas
de parentesco que moldea(ba)n internamente el sistema de autoridad
en las comunidades, aunque desde la implantación de los
"cabildos" coloniales, la representación de las
familias en las reuniones fue usualmente atribuida a los hombres
(práctica que se prolonga en los actuales sindicatos).
Con todo, las mujeres conservaron un espacio de poder a través
de su desempeño como agricultoras, organizadoras del ciclo
doméstico, tejedoras y ritualistas. Nunca fueron segregadas
del todo de la producción normativa y de la formación
de la "opinión pública" en el ayllu o
en su forma fragmentada, la "comunidad indígena"
(1). La contradictoria y frustrante modernidad
boliviana -incluida aquella que se plasma en leyes- ha puesto
a todo este sistema en situación de acoso, y está
consiguiendo quebrar sus más íntimos engranajes
internos.
Con ello, se profundiza la patriarcalización de estas
sociedades, que viven una creciente disyunción entre marcos
legales y orientaciones normativas superpuestas. Esta situación
degrada constantemente las condiciones económicas para
la mayoría de la población (se habla, por ejemplo,
de una creciente "feminización e "indianización"
de la pobreza), lo que a su vez se traduce en la precarización
de las condiciones de acceso de indígenas y mujeres a los
derechos humanos reconocidos por las leyes. Este es el marco común
que nos permite articular ambos elementos en el presente análisis.
.
3. El mundo masculino y letrado: la lucha por la tierra y
el territorio
En trabajos anteriores ya había señalado que el
modelo ciudadano, afianzado en Bolivia desde la década
de 1950, imponía un paquete cultural de comportamientos,
donde el ciudadano resultaba invariablemente siendo varón,
mestizo, hablante de castellano (o por lo menos, de castimillano),
propietario privado, integrado en la economía mercantil
e incluso, vestido con terno de sastre (o por lo menos, con terno
de solapero) (cf. Rivera 1993, Lehm y Rivera 1988, Rivera
1993). En su versión inicial inscrita en la tristemente
célebre Ley de Exvinculación de 1874, dictada por
el gobierno de Tomás Frías, el único "derecho"
ciudadano reconocido a los varones adultos indígenas era
el de enajenar las tierras comunales, que luego les eran arrebatadas
compulsivamente por la acción combinada de latifundistas,
ejército y cuadrillas de autoridades intermedias y fuerzas
paramilitares reclutadas en los pueblos mistis. Más
grave aún era el hecho de que la ley declaraba "extinguidas"
las comunidades o ayllos (sic), prohibiendo su representación
por caciques, kuraqas u otras formas de autoridad étnica,
y creaba la figura del apoderado, como representante (letrado)
del mundo indígena (iletrado). Traducción y traición
se combinaron así arteramente para el despojo de casi dos
terceras partes del territorio poseído por las comunidades
originarias andinas como consecuencia de la Ley de Exvinculación.
Sólo en la provincia Pacajes, más de 70 mil hectáreas
fueron ilegalmente transferidas de los ayllus a las haciendas
entre 1881 y 1920 (cf. Rivera 1978, Mamani 1991).
El estudio de las luchas reivindicativas indígenas del
período liberal (cf. THOA 1988, Mamani 1991, Condori y
Ticona 1992a) nos muestra asimismo la huella de sistemas más
antiguos de derecho, que legitimaban a su vez a la dirigencia
indígena en su tenaz cuestionamiento de las leyes liberales
en el plano jurídico. Es preciso recordar que la noción
de derechos humanos se sobreimpuso a un horizonte colonial,
e incluso a un orden ético prehispánico, donde se
reconocía de diversa manera las autonomías y fueros
independientes locales, que desde la colonia se aplicaron a los
indios bajo la noción de las dos repúblicas
(d. Salomon 1987, Arias 1994). Desde el punto de vista de este
marco jurídico, los indígenas eran una república
aparte. Colectivamente hablando, eran los habitantes del espacio
conquistado, súbditos de un Estado colonial que les privaba
de derechos y los sobrecargaba de obligaciones. Sin embargo, la
élite letrada de las comunidades y ayllus, también
recuperó la noción de las dos repúblicas
en un sentido liberador, reivindicando la autonomía organizativa
de los ayllus, markas y comunidades indígenas, en base
a los fueros y jurisdicciones reconocidos por la legislación
colonial. Los términos (tributarios y laborales) del pacto
toledano fueron sucesivamente resistidos y defendidos, sobre todo
cuando las élites republicanas intentaron reformar
las relaciones ayllu-Estado, erosionando aún más
los fueros y derechos indígenas.
En un contexto de tremenda desigualdad de fuerzas (la arremetida
latifundista amparada en la Ley de Exvinculación), la organización
liderizada por los caciques-apoderados Santos Marka Tula,
Feliciano Inka Marasa, Faustino Llanki, Mateo Alfaro y muchos
otros, elaboró un discurso jurídico destinado a
demostrar a las élites pretendidamente modernas que se
llenaban la boca representando discursos sobre la igualdad del
indio, que Bolivia seguía siendo un país colonial.
La organización de los caciques apoderados -que posteriormente
se ramificó en el movimiento República del Kollasuyo
y en el movimiento de los Alcaldes Mayores Particulares-, tenía
una dimensión rural y una dimensión urbana. También
tenía una dimensión política y una dimensión
cultural. Y paradójicamente, aspiraba, tanto a la igualdad
ciudadana real, como a la vigencia de un status que consagre
la diferencia, el autogobierno y la autonomía de
las comunidades indígenas (d. Mamani 1991, Conde 1992,
Rivera 1992a, Arias 1994). Por eso es que los caciques-apoderados
emprendieron la lucha legal utilizando simultáneamente
elementos de la legislación colonial de las dos repúblicas
y de la nueva legislación liberal vigente. Y por eso es
que su lucha, en general, tendió a eclipsar las más
silenciosas y cotidianas prácticas de resistencia de las
mujeres, poniendo en escena una noción del derecho que
enfatiza la territorialidad (es decir, la versión
masculina y letrada) del universo indígena (cf. Arnold
199, 1994).
El liderazgo del movimiento cacical tenía el desafío
de intermediar entre dos sistemas jurídicos opuestos, al
mismo tiempo "traduciendo" las demandas de las comunidades
afectadas por la expansión latifundista, e interpretando
para ellas los contenidos (e intencionalidades no escritas) de
las nuevas leyes. Tenía además la misión
de descubrir contradicciones en la legislación republicana,
en las que pudieran anclar sus impugnaciones jurídicas
a la usurpación fraudulenta de sus tierras. Eso fue, precisamente
lo que sucedió en el año 1883, cuando los comunarios
de Paria vieron por conveniente presentar sus "títulos
de Composición y Venta", firmados desde el siglo XVI
por Visitadores de la Corona de España, con el fin de sanear
la propiedad "privada" de los ayllus de esta inhóspita
región altiplánica, en términos de la nueva
legislación liberal. En la medida en que muchos hacendados
y parlamentarios ostentaban estos mismos títulos para avalar
la legalidad de sus haciendas, el parlamento no tuvo a menos que
aprobar una Ley, el 23 de noviembre de 1883, por la que se excluía
de la revisita a aquellas comunidades originarias dotadas de tales
títulos desde la época del coloniaje [Flores (comp.),
1953.]. Con esto, los caciques-apoderados se armaron de una estrategia
legal inmejorable para impugnar la revisita de 1881-82, que fue
realizada en forma coactiva y fraudulenta en todo el altiplano
y muchas regiones de los valles interandinos. No sabemos cuánta
tierra más habrían perdido las comunidades de no
ser por el movimiento de caciques-apoderados, que llegó
a formar una red en 6 departamentos de la República, agrupando
a 400 "pueblos" (markas, cabildos, tentas) hablantes
de varios idiomas nativos. No sabemos, tampoco, si la reforma
agraria se habría producido como se produjo -como un amplio
movimiento de recuperación de tierras y de iniciativa política
autónoma en comunidades indígenas y campesinas-
de no ser por el movimiento de caciques-apoderados. Lo que sí
sabemos, es que en la formación de los movimientos étnicos
de nuevo cuño que han surgido en las década del
70 y 80, intervino sin duda la memoria de las estrategias cacicales
frente a la frustrada conversión de los indios en ciudadanos,
catalizada por un presente de discriminación y explotación,
que experimentaban vívidamente las nuevas generaciones
de las comunidades indígenas.
Pero el movimiento cacical forma parte también de la memoria
jurídica aymara en las comunidades actuales. El peso de
las demandas territoriales, la importancia de los linderos, son
todos temas que nacen en esa primera forma de interpelar al Estado
desde la pluralidad; pero también muestran el verdadero
perfil de esta curiosa ciudadanía que, lejos de cancelar
diferencias, las reforzaba y multiplicaba.
4. Indígenas en el actual diseño estatal boliviano
de los años 90: una mayoría
con conciencia de minoría
Según la argumentación precedente, la práctica
del derecho liberal en Bolivia, aún en sus remozadas versiones
actuales, ha conducido a procesos muy tenaces de exclusión,
los cuales afectan con mayor intensidad a las poblaciones indígenas
y a las mujeres. La exclusión comienza por hacer invisibles
a indios y a mujeres en las estadísticas. Continúa
cuando se marginaliza sus demandas a remotos "territorios"
periféricos, a los que se trata de controlar y fragmentar,
recortando sus implicaciones para la reforma municipal y en la
descentralización administrativa del Estado. Culmina, en
fin -como en 1952- en la esperanza mestizo-ilustrada, de que el
componente indio de la población está, por fin,
disminuyendo aceleradamente, condenado a la extinción por
el mestizaje inevitable inscrito en la modernización y
el progreso. Como a fines del siglo pasado ya lo hiciera Gabriel
René Moreno, la élite ilustrada canta (pero esta
vez a soto voce) elegías a esa "raza que se
va", empujada a la inevitable disolución por el empuje
del progreso encarnado en las poblaciones pioneras (Moreno [1988]
1973). Versiones más o menos crudas de estas ideas pueblan
el imaginario de las élites y les impiden ver (como a Saavedra
y los Republicanos) que Bolivia será un país colonial,
mientras su clase dominante siga siendo colonizada, y mientras
sus sectores mestizos ilustrados no asuman con orgullo su propia
diferencia cultural y dialoguen de igual a igual con todos los
pueblos y culturas que habitan el territorio nacional, abandonando
los sueños de conquista y saqueo que los llevan a excluirlos
y minimizarlos.
Vemos, por contraste, qué ha hecho la clase política
mestiza ilustrada en la última década. Desde los
censos de 1976 y 1992, así como en la elaboración
del "Censo Indígena' de Tierras Bajas" (1993-95)
la etnicidad ha sido consistentemente restringida e invisibilizada.
El desmantelamiento de las orientaciones gremiales kataristas
en la CSUTCB a partir de 1988, así como la crisis interna
que vivió este organismo por efecto de la política
partidaria, convirtieron al Oriente en el espacio ideal para una
"sanitización" de la etnicidad desde el Estado.
En forma coincidente, organismos como el Banco Mundial, el BID
y el PNUD contribuyeron al estereotipo -acorde con la situación
indígena en la mayoría de países latinoamericanos-
de que lo indígena era un fenómeno minoritario,
de escasa relevancia demográfica y localizado en áreas
rurales remotas e inaccesibles (los casos de México y Colombia
son parte de este modelo).
El Estado engarzó perfectamente estas visiones con sus
propios deseos de modernizar el país y acabar con los lastres
incómodos de la etnicidad. Esto puede constatarse con un
análisis somero de los citados Censos, que pretenden darnos
una imagen de la evolución de la población indígena
en Bolivia en décadas recientes. Según cifras analizadas
por Albó, de 4.613.486 personas que habitaban el país
en 1976, el 36.3% eran monolingües castellanas. Para 1992,
las monolingües castellanas declaradas habían ascendido
al 41.7%. Las personas hablantes de idiomas nativos seguían
siendo la mayoría, pero entre ellas, el monolingüismo
había disminuido también: del 20.4% en 1976, al
11.5% en 1992. En cambio, las bilingües (castellano más
uno o dos idiomas nativos) habían aumentado, de un 42.5%
de la población en 1976, a 45.7% en 1992. Tanto el monolingüismo
en idioma nativo como el bilingüismo, continúan siendo
mucho más frecuentes en las mujeres, mostrando una clara
diferenciación de género en el impacto de la escuela
castellanizante y universal que se impuso tras la Reforma Educativa
de 1955. Los datos también confirman la peculiar reproducción
de la etnicidad urbana en las ciudades de Bolivia. Así,
según el censo de 1992, el porcentaje de hablantes de una
lengua indígena en las principales ciudades de la zona
andina era el siguiente:40% hablantes en aymara en La Paz, 60%
en El Alto, 50% hablantes de qhichwa en Cochabamba, 60% en Sucre
y 69% en Potosí. En el caso de Oruro, entre hablantes de
qhichwa (22%) y el aymara (40%) sumaban alrededor de 51 % de la
población (menos el11 % de bilingües; Albó
1995, vol 11:69).
Sin embargo, tanto en el área rural como en las ciudades,
existieron importantes fuentes de error censal, que revelan el
persistente intento estatal por invisibilizar a los indígenas.
Los datos muestran que en el período intercensaI 1976-1992,
se produjo un decrecimiento neto de la población hablante
de idiomas nativos y un incremento proporcional del monolingüismo
castellano declarado. Sin embargo, los menores de 6 años
fueron excluidos de las preguntas sobre la lengua en 1992, a pesar
de opiniones autorizadas que recomiendan lo contrario. Pero además,
en ninguno de los materiales difundidos por el Censo se analiza
el dato (que sí es desmenuzado por Albó) del incremento
neto de la población bilingüe, lo que implica también
-vía migración y reproducción de la etnicidad
urbana en las nuevas generaciones- el crecimiento del bilingüismo
urbano. El hecho de que, en el mismo período, la población
urbana pasara de ser minoritaria, a ocupar una clara mayoría
del 58%, contribuyó también al imaginario progresista
que insuflan las lecturas estatales de estos censos. Los cálculos
y proyecciones que realizan los especialistas en base a los datos
censales, tienden a subestimar a un porcentaje difícilmente
calculable de la población rural, que tiene doble residencia,
y vive "cabalgando entre dos mundos", oficiando de "campesinos"
en las ciudades, y en el campo de enlaces culturales y económicos
con el mundo mercantil y urbano. Subregistran también a
quienes siguen siendo discriminados como "indios" en
las ciudades, porque ostentan aún emblemas visibles de
su identidad cultural, aunque nieguen ferozmente ser hablantes
del aymara al responder un censo y declaren con igual testarudez
ser mestizos en las encuestas de opinión pública.
Un recálculo de la población que para fines funcionales
debe considerarse "indígena" en Bolivia, alcanzaría
hasta el 74% de la población, en correlación admirable
con la pobreza, a través de indicadores de empleo, ingresos,
salud y otros de desarrollo humano (cf. UNFPA 1996).
Un efecto similar de invisibilización puede constatarse
en el Censo Indígena de Tierras Bajas, auspiciado por el
PNUD, a través del Instituto Indigenista Boliviano y la
SNAEGG. Bajo el influjo de la experiencia latinoamericana -en
la mayoría de países, los indígenas son minorías
efectivas- los autores del censo proyectaron una imagen muy peculiar
de la población indígena de la Amazonía,
el Oriente y el Chaco. La Confederación de Indígenas
del Oriente Boliviano (CIDOB), surgida al calor de la Marcha Indígena
de 1990, participó en su realización (aunque no
en su diseño), con el fin de medir las fuerzas que podría
tener una convocatoria gremial y política articulada en
torno a la etnicidad, especialmente después de los iniciales
éxitos que en el plano legislativo consiguiera la Marcha
Indígena por el Territorio y la Dignidad (1990).
Los elaboradores del Censo descartaron el uso de los indicadores
lingüísticos de los censos de 1976-1992 adoptando
en cambio el criterio de autoreconocimiento (tomado seguramente
de Barth 1976), que pretendía ser más fiel en regiones
como la Amazonía, donde la pérdida lingüística
era muy notoria, aunque las poblaciones seguían organizada
en Cabildos y practicando de múltiples modos su etnicidad.
Sin embargo, desconociendo el hecho de que casi toda la historia
del poblamiento urbano de la Amazonía, el Oriente y el
Chaco fue de origen misional y que incluso los asentamientos caucheros
tenían una fuerte población categorizada como indígena,
los elaboradores del censo excluyeron, inexplicablemente, a poblaciones
de 2000 habitantes y más. Un error de tal magnitud, condujo
a la fatal subenumeración de la población indígena
de Tierras Bajas, situación que ha llevado a desestimar
este instrumento como dato oficial, para fines del actual proceso
municipal (República de Bolivia 1995). En un intento por
subsanar este error, los elaboradores del censo recalcularon a
la población indígena en las tres regiones, a base
de indicadores lingüísticos. Habida cuenta de que
en zonas como el Beni el grado de pérdida lingüística
llega a más del 50% (este promedio seguramente sería
más alto si se habría incluido el componente urbano),
el nivel de subenumeración no pudo ser corregido (2).
Estos problemas metodológicos y de interpretación,
llegan a tener profundas implicaciones para la definición
de los "derechos de los pueblos indígenas". Por
ejemplo, los resultados del Censo no son compatibles con el esquema
territorial vigente, donde los municipios articulan un componente
urbano y otro rural, y donde las poblaciones indígenas,
sobre todo en el área misional, son parte integrante de
la estructura urbana desde hace siglos. El censo tampoco permite
calcular los impactos del proceso migratorio sobre las poblaciones
indígenas rurales, que afectan en particular a las mujeres
(migración de trabajadoras indígenas al servicio
doméstico urbano, jefatura de hogar femenina en las áreas
de mayor emigración laboral masculina, etc.). La problemática
de las mujeres indígenas resulta también invisibilizada
a través de definiciones sesgadas de jefatura de hogar,
que desconocen
su aporte en el grueso de actividades productivas y reproductivas
de los hogares indígenas. Le queda quizás al Censo
Indígena de Tierras Bajas el dudoso beneficio de habernos
proporcionado un meticuloso inventario de los recursos madereros
y forestales que explotan las comunidades de las áreas
boscosas del país. Esperemos que no sean los aserraderos
y empresas que pululan por esos bosques, los únicos en
enterarse de sus resultados.
Estamos ahora en condiciones de redondear la idea que dio lugar
a este acápite. Los dos principales instrumentos de política
estatal en el área de población y desarrollo, como
son los Censos de Población y Vivienda de 1976 y 1992,
y el Censo Indígena de Tierras Bajas, tienen un sutil impacto
en la formación de la opinión pública letrada
en nuestro país, y en la propia definición de la
naturaleza y alcances de la noción de "derechos indígenas".
Así, a pesar del notorio incremento que muestran los censos
en las poblaciones bilingües urbanas y rurales, la Reforma
Educativa está pensada principalmente para comunidades
monolingües, y recluida al ámbito rural. Por lo tanto,
no toma en cuenta las demandas de recuperación lingüística
presentes en las movilizaciones indígenas en pro de una
educación intercultural y bilingüe. Del mismo modo,
la Participación Popular desconoce los territorios indígenas
consolidados a principios de los 90, e indirectamente excluye
a las organizaciones étnicas de participar en los procesos
municipales urbanos (monopolizados por las Juntas Vecinales).
En las zonas tradicionales andinas, las demandas de federaciones
de ayllus y otras formas gremializadas de la autoridad étnica,
se ven bloqueadas por el forcejeo clientelar de los partidos y
por la acción de desarrollo de las ONG's (Rivera y THOA
1992). Finalmente, las mujeres indígenas resultan cada
vez más ajenas a este espacio de mediaciones en el que
la cultura letrada, las nociones occidentales de desarrollo y
la política clientelar imponen una cultura política
patriarcalizada, que sólo las usa como elementos de transacción
simbólica en su estrategia de poder.
En conjunto, la representación estatal de lo indígena,
montada sobre la información censal y sobre los deseos
inconscientes de la minoría dominante, muestra a los indios
disminuyendo, a las lenguas indígenas en franco y veloz
deterioro y al mundo rural despoblándose persistentemente.
Todos estos factores han contribuido a que la amplia mayoría
demográfica y política consolidada por los kataristas
e indianistas a principios de los años 80, adquiera, en
los hechos, una conciencia de minoría. La representación
disminuida del potencial demográfico y político
autónomo de las poblaciones indígenas, se introyecta
así en las nuevas generaciones, traduciéndose en
pérdida de la memoria histórica, erosión
de la autoestima cultural y una serie de rasgos de subalternidad
que las condenan a un papel crecientemente subordinado en los
espacios del hacer público, legislativo y político
ofrecidos por el sistema democrático, perpetuando así
su discriminación y exclusión.
5. Derechos de las mujeres (indígenas, cholas o birlochas)
o los límites de la territorialidad
He hecho hasta ahora una lectura de género del mundo masculino
ilustrado que se traduce en las leyes y prácticas estatales
en Bolivia, así como un somero análisis de la producción
normativa y el discurso político de los movimientos denominados
"indígenas", tanto históricos como modernos.
Me cabe finalizar este artículo con algunas ideas acerca
de las implicaciones de todos estos procesos para las mujeres,
sean estas indígenas, cholas o birlochas o pertenezcan
incluso al mundo de las élites mestizas ilustradas.
El tema está enmarcado en una situación colonial
más amplia y estructurante, donde la matriz cultural e
ideológica de Occidente se instala en el Estado y desde
allí nombra, enumera, oprime y jerarquiza a los diversos
pueblos y culturas nativas de Bolivia, en base a su (relativa)
condición humana. Estos "otros", semi-humanos,
a los que marginaliza por sus diferencias, han sido en realidad,
heredados como súbditos de una república nacida
del derecho de conquista. La práctica de la opresión
colonial se reproduce así, aún en los espacios más
avanzados de la modernidad ilustrada y en los nuevos mecanismos
de mediación populista injertados en el Estado en la década
de 1950. En este casi medio siglo de homogeneización y
renovado pacto ciudadano con el Estado, el panorama de la etnicidad
en Bolivia nos muestra a poblaciones enteras, que a pesar de negar
ferozmente su etnicidad, convierten a este mismo acto, paradójicamente,
en una nueva marca de etnicidad. Es el caso del "cholaje"
andino, que a pesar de haber adoptado el terno, la propiedad privada
y muchos otros rasgos culturales de occidente, prolonga su status
subalterno, precisamente a causa de estas conductas arribistas,
de mimesis cultural, que lo llevan a representar en forma caricaturizada
al mundo cultural dominante.
La lectura de la situación femenina salta aquí
a la vista. Uno de los ejemplos más elocuentes de la estigmatización
de las conductas de mimesis cultural, lo ofrece la evolución
-desde el siglo XVIII- de la vestimenta de la chola paceña
(cf. Barragán 1992). Ideada inicialmente como una estrategia
que permitiría a las indígenas migrantes cambiar
su status y acceder al mundo mercantil y social dominante, la
pollera, mantón de Manila y sombrero Borsalino (adoptado
en el siglo XIX) se han convertido en emblema de una etnicidad
discriminada y excluida, que niega y afirma ambigüamente
las diferencias de gesto y de conducta, pero las enmascara también
en aspiraciones y autopercepciones "mestizas" o de "clase
media", que son proyectadas a la prole. He estudiado en otras
partes estos procesos, en términos de una hipótesis
que postula la construcción colonial de identidades, particularmente
las identidades "cholas" y "mestizas" de la
contemporaneidad boliviana (Rivera 1992b, 1996b, Rivera [comp.]
1996). Aquí me interesa el asunto desde el ángulo
de los "derechos", por lo que he de preferir atenerme
a algunos ejemplos históricos. El análisis que sigue
se nutrirá de muchas ideas ya anteriormente expresadas
en distinta forma.
La estructura del mercado laboral urbano nos ofrece una primera
ejemplificación de esta situación, donde mujeres
migrantes, "cholas" o birlochas configuran un espacio
discriminado del "mestizaje", que a fuerza de buscar
un espejo en occidente, terminó representando sus rasgos
en forma arcaica y caricaturesca. No cabe duda que la segregación
y exclusión impuestas a estos personajes intermedios, debió
contribuir a fijar nuevamente las fronteras, cercando a las "cholas"
en un estrato a medias en el camino de la occidentalización
y la ciudadanía. Paradójicamente, la huella más
visible de este proceso fue el intente de hacer invisible y clandestina
la cultura propia, imponiendo a las nuevas generaciones la negación
de su propio ancestro y el alejamiento definitivo de la cultura
rural de origen (cf. Peredo 1992, Rivera 1993). El desarraigo
étnico, el cambio de categoría tributaria, la hipergamia
y muchas otras prácticas, han sido los mecanismos a través
de los cuales se ha constituido históricamente ese espacio
de "desprecios escalonados" (Saignes 1985), o "exclusiones
eslabonadas" (Rivera [comp]1996) que se asocia con el "mestizaje".
Sin embargo, ninguna noción de derechos indígenas
interpela aún a los problemas específicos eje discriminación
laboral, falta de oportunidades educativas y frustraciones ciudadanas
que experimentan los eslabones medios y bajos de esta cadena.
La experiencia de la etnicidad, tal como es vivida cotidianamente
en el altiplano, valles y selvas (también en la selva urbana)
tiene sin duda mucho que ver con estas realidades, en las que
se plasma el trabajo, las estrategias matrimoniales y las percepciones
culturales de cientos de miles de mujeres. En una investigación
reciente sobre cuatro escenarios étnicos de Bolivia (tres
rurales y uno urbano) (Rivera [comp.] 1996) se ha mostrado cómo
es que el trabajo invisible de las mujeres contribuye a reproducir
la etnicidad, aún en contextos urbanos y mercantiles, donde
un amplio tejido social en cuyo centro están ellas, permite
la sobrevivencia de los hogares y los negocios de las familias
migrantes. Es esta su "tercera jornada" social -en la
que cumple aynis, alimenta relaciones de parentesco y compadrazgo,
organiza empresas o talleres en base a circuitos de reciprocidad-
la que permite no sólo la sobrevivencia económica,
también la reproducción cultural y aún la
prosperidad empresarial de estos negocios y familias, a pesar
de la barrera de discriminaciones que pesa contra sus miembros.
En todos estos contextos, la labor productiva y empresarial femenina
no suele ser reconocida, y se subsume a los avatares de la aventura
migratoria del varón (cf. Albó et al. 1981). Como
lo ha documentado muy bien Criales, la resistencia a este modelo
patriarcal asume la forma del retorno al campo, donde la fiesta
patronal de la marca de origen se convierte en escenario fugaz
de un máximo de poder femenino, expresado en el derroche
del propio dinero y la acumulación simbólica de
prestigio. Estos actos legitiman y compensan las profundas desigualdades
de la vida cotidiana, donde las penurias y sufrimientos de género
se suman al desprecio cultural de la sociedad, por su condición
de "cholas" (Criales 1994). Hasta ahora, ninguna organización
indígena ha reclamado para sí estos escenarios,
ni existe aún noción de derechos indígenas
que se aplique a estas mujeres, que en el imaginario estatal ofician
como "mestizas".
Otro ángulo del mismo fenómeno puede observarse
revisando los procesos sindicales en los valles de Cochabamba,
en las décadas posteriores a la revolución de 1952
y la reforma agraria de 1953 (Lagos 1988, Paulson 1992). El panorama
confirma la exclusión sistemática de las mujeres
de los nuevos espacios públicos construidos al calor de
la sindicalización y la movilización política
campesina. Tanto en Mizque como en Tiraque, el proceso político
desatado por la movilización agraria, terminó cerrando
el paso a la presencia de mujeres y convirtiendo a los sindicatos,
comandos y otros organismos en espacios de prebendalismo estatal
y la mediación clientelar masculina. Paradójicamente,
fue la secular actividad mercantil y social de las mujeres cochabambinas
-en tanto empresarias de la chicha y otras múltiples actividades-
lo que permitió a los varones dedicar la mayoría
de su tiempo al sindicalismo o a la política. La exaltación
de la chichería y de las virtudes maternales de las mujeres
cochabambinas (en toda la "gama" del continuum urbano-rural
del mestizaje), tanto como la versión popular acerca del
"matriarcado", vigente en los valles, nos muestran cuán
perversa es la imagen ilustrada de la ciudadanía, en su
consecuencia real para las mujeres, a tiempo de explotar inmisericordemente
a sus madres y abuelas, los sindicalista y trabajadores itinerantes
de los valles, accedían a una forma degradable de ciudadanía,
injertada en las redes clientelares masculinas de los partidos.
La vergüenza y el auto rechazo se transfirieron así
a las mujeres, emblematizando en ellas el atraso rural, la economía
premercantil y la barbarie familista del pasado (d. Rivera [comp.]
1996, Paulson 1992).
Pero si aun cabe un ejemplo más vivo de etnicidad segregada
y discriminada en la región andina de Bolivia -aunque también
existe en otras regiones- este es el llamado "trabajo del
hogar", o servicio doméstico remunerado, que caracteriza
la estructura del empleo urbano en nuestro país. Según
un estudio publicado por el CEDLA, esta población ha aumentado
su contribución a la PEA urbana, del 5.0% en 1985 al 6.2%
en 1991, alcanzando a 47.909 personas en este año. De ellas,
90% eran mujeres y 70% eran migrantes, es decir, mujeres "indígenas",
hablantes de un idioma nativo y nacidas en comunidades rurales.
Uno de los pocos espacios de inserción laboral para las
mujeres indígenas migrantes en las ciudades, es el trabajo
doméstico, cuyo nivel salarial no alcanza ni al 50% del
salario mínimo normativo (ILDIS-CEDLA 1994). Ciertamente,
una situación como ésta afecta al balance de género
de toda la sociedad, y alude a inequidades más profundas,
que no han podido ser encaradas ni por las tendencias feministas
más radicales. Una de ellas, a mi juicio central, es que
la co-responsabilidad paterna y doméstica de los varones
se ve postergada indefinidamente por la existencia de estas otras
mujeres en los hogares, que se hacen cargo de la "segunda"
jornada femenina. Lo que queda fuera de discusión con esta
transacción entre mujeres de distinto poder económico
y origen cultural, es la imagen de las ocupaciones domésticas
como si "naturalmente" correspondieran al sexo femenino.
Esta naturalización es algo que la teoría feminista
viene impugnando desde hace varias décadas, aunque en Bolivia
resulta casi un tema tabú, debido a la labor invisible
de las trabajadoras domésticas.
En el contexto del debate sobre derechos indígenas, los
ejemplos planteados en los párrafos anteriores, aluden
a situaciones en que aún los derechos humanos más
elementales son negados a las personas, en virtud de su etnicidad
o de los rastros de ella. Situaciones como los bajos niveles salariales
del empleo doméstico, la duplicación de cargas laborales
en mujeres jefas de hogares y la emigración selectiva,
afectan a las comunidades indígenas de diversas regiones
del país, tanto como a sus avanzadas migratorias en las
ciudades, sin que hasta el momento estas poblaciones hallen espacio
para sus demandas en las organizaciones étnicas. Estas
se hallan confinadas a una definición de derechos colectivos
sobre el territorio, que resulta, paradójicamente, poniendo
límites a las demandas y derechos indígenas. Si
bien en su momento, la lucha indígena por el territorio
ha sido un elemento importante de interpelación al Estado
boliviano, creemos que la lucha por la "dignidad" ese
aún un terreno por desarrollar, y debe aplicarse a una
pluralidad de contextos, urbanos y rurales, en los que la etnicidad
implica para sus portadores/as el deterioro de sus derechos humanos.
La territorialización de los derechos indígenas
impide superar la camisa de fuerza que el derecho liberal ha puesto
a la etnicidad, al confinarla a un espacio letrado y masculino
que escamotea numerosas cuestiones de derechos humanos y ciudadanos,
implícitas en la práctica de las movilizaciones
indígenas.
Es por ello, mientras no se plasme en el accionar estatal, pero
" también en la práctica de las propias organizaciones
indígenas, una "política de la etnicidad"
capaz de presentar alternativas para las mujeres, quizás
no bastarán los avances logrados con el reconocimiento
al carácter multiétnico del país en la CPE
y otras medidas conexas. Asimismo, mientras las organizaciones
indígenas no perciban como a miembras de sus pueblos y
comunidades a las migrantes que prestan servicios en condiciones
degradantes en los hogares de las capas medias y altas urbanas,
su propia noción de derechos quedará limitada y
fragmentada. Mientras las organizaciones étnicas no sean
capaces de encarar los fenómenos de opresión de
género que desata la emigración de brazos masculinos
a las ciudades y a la zafra, y el problema cada vez más
extendido de los hogares indígenas encabezados por mujeres,
la noción de derechos humanos quedará en simple
retórica. Si esto es así, habremos contribuido a
prolongar la aspiración estatal, de cambiar la conciencia
de mayoría que el movimiento indígena tuvo en Bolivia
en la década de 1980, en una conciencia de minoría,
que vive tan sólo de las migajas del "desarrollo"
y de desiguales transacciones ecológicas y económicas
con Occidente. El corolario implícito en toda esta argumentación
alude a la necesidad de un esfuerzo simultáneo de descolonización
cultural y de género, a través de una teoría
y una práctica que engarcen las nociones alternativas y
pluralistas de derecho ciudadano con el derecho consuetudinario,
tanto en la legislación como en las prácticas más
cotidianas y privadas de la gente.
Notas
1. Para ilustrar todos estos aspectos puede consultarse
una abundante bibliografía. Menciono una selección
de lo más relevante: (Zuidema (1989), Harris (1980), Isbell
(s.f.), Arnold (1994), Spedding (s.f.), Silverblatt (1987).
2. Quizás los únicos valores de
este instrumento censal sean: a) haber permitido a las organizaciones
indígenas del Oriente calcular los efectivos que podría
reclutar una convocatoria basada en lineamientos de adscripción
étnica; b) haber balanceado los sesgos andinocéntridos
de los anteriores instrumentos (censos de 1976 y 1992), que sólo
incluían al Guaraní (recién en 1992) entre
las "otras lenguas indígenas" indiferenciadas
que subsumían la etnicidad oriental. Hoy en día,
sabemos por ejemplo, que el guaraní, aunque es hablado
en forma más compacta en la región chaqueña,
es en realidad el tercer idioma indígena, después
del Chiquitano y de todas las variantes dialectales del "Moxeño",
que pueblan dispersas, no solamente las ciudades y pueblos del
Beni, sino los territorios del Bosque de Chimanes y del Parque
Isíboro-Sécure.
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Socióloga. Docente emérita, Universidad Mayor
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Sede Ecuador. Artículo originalmente
publicado en Temas Sociales , revista de Sociología U.M.S.A.
N° 19, LaPaz -Bolivia, mayo de 1997.
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