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La crisis política venezolana parece haberse estancado
en un mismo punto, que las cosas siguieran igual. La sola realización
del referéndum revocatorio contra el presidente Hugo Chávez,
como era de esperarse, no podía resolver una crisis que
envuelve diversas expresiones de la vida sociopolítica
y al contrario, el escenario postrevocatorio lo que nos presenta
es un nuevo capítulo en el desconocimiento mutuo de los
principales actores políticos, una sociedad escindida y
lo que podría ser más grave: la perdida de interés
de agentes mediadores internacionales (como el Centro Carter y
la Organización de Estados Americanos), los cuales intervinieron
activamente en los dos últimos años para lograr
la "salida constitucional, democrática y electoral
a la crisis política".
Camino a la consulta
El referéndum revocatorio aplicado a la figura del jefe
de Estado es un mecanismo inédito en la historia democrática
occidental. La sola realización de una consulta de esta
naturaleza despertó innumerables expectativas tanto internas
como internacionales y puso a prueba lo establecido en la Constitución
Bolivariana de 1999, que el propio Chávez impulsara. Al
revocatorio se llegó después de un largo, complejo
y espinoso proceso, en el cual justamente la mediación
foránea resultó determinante. La apuesta a este
mecanismo, establecido constitucionalmente, puso punto final a
las expresiones de un sector opositor que empeñado en desalojar
a Chávez del poder, tomó senderos errados -con un
saldo negativo tanto en lo político como lo institucional-.
De aquellas acciones cabe mencionar básicamente el breve
golpe de Estado de abril de 2002 y el paro de dos meses entre
diciembre de 2002 y enero de 2003. Los yerros de estas decisiones,
si se revisan los sondeos de opinión posteriores, significaron
mayor respaldo para Chávez, aún de un tercer sector
que se define como ni-ni (para marcar distancia del chavismo y
del antichavismo), que decepcionado por la postura opositora se
encontró sin opciones, especialmente en una coyuntura dicotómica
como la que se vive en Venezuela.
En el camino al referéndum el gobierno de Chávez
llegó literalmente blindado, y no se trata solamente de
que tres de los cinco rectores electorales hayan votado siempre
en una misma dirección con decisiones que pueden entenderse
como trabas al intento opositor. Durante el último año
el presidente puso en marcha el más amplio plan combinado
de programas sociales que haya conocido el país en las
últimas décadas, aupado por los altos precios petroleros.
En el mejor estilo populista y actuando tal como si acabara de
llegar al poder, es decir sin asumir la cuota de responsabilidad
de sus cinco años anteriores de gobierno, el jefe de Estado
lanzó planes de alfabetización, educación
básica y secundaria, salud y alimentación, entre
otros. Desde una perspectiva académica se pueden compartir
las críticas que se hacen a tales planes, porque la pobreza
en el país no se ha revertido ni se revertirá con
dichos programas de corte asistencialista, pero desde la posición
de aquellos más excluidos y empobrecidos, cualquier ayuda
que reciban es bienvenida.
La oposición, por otro lado, no ha valorado cabalmente
el peso político de Chávez. Venezuela es una sociedad
en la cual desde la década pasada se hacía evidente
una voluntad de cambio, un sentimiento de rechazo a los políticos
tradicionales (y debilitamiento de éstos), además
con una población empobrecida pero en la cual persiste
el mito de ser parte de un país rico por su renta petrolera.
El presidente logró sintonizarse con los más pobres:
"Con Chávez yo existo", la frase que me diera
una señora en una manifestación chavista, meses
atrás, resume fielmente una realidad sociopolítica
que le ha sido muy difícil contrarrestar a la oposición.
El día D
En medio de una sociedad con extremos polarizados, sin un acuerdo
político entre los principales actores y con instituciones
que no logran ganarse una imagen de independencia, difícilmente
se podía llegar a lo que esperaba una parte importante
del país y a lo que había venido apostando la mediación
internacional: que el referéndum pusiera fin a la crisis.
Aún cuando han quedado abiertas algunas puertas en la OEA
-si la oposición presenta pruebas fehacientes-, para una
eventual revisión de la validez de los resultados del referéndum,
es un hecho que el presidente Chávez ha sido relegitimado
en el poder con la consulta del 15 de agosto. Los avales tanto
de la OEA, como del Centro Carter, y de otros observadores internacionales
imparciales, apuntan a que no hay indicios de un fraude en la
consulta, que por su propia naturaleza estuvo altamente observada,
tanto de forma previa como el día en sí de la votación.
En todo el proceso de preparación hubo hechos irregulares,
por ejemplo en migraciones dentro del Registro Electoral y en
inscripciones fuera de los lapsos legales, pero al aceptar la
oposición tales situaciones en su momento y sólo
denunciarlas de forma posterior -cuando se supo su derrota- ha
terminado restándole fuerza a la denuncia.
Según los datos del cuerpo electoral, la votación
fue en una proporción de 60-40 a favor de Chávez.
Son registros muy similares a los comportamientos electorales
en 1998 (cuando Chávez gana la presidencia por primera
vez) y en 2000 (en elecciones para relegitimarse tras entrar en
vigor la nueva carta magna). En esta ocasión, con el referéndum,
la derrotada fue la abstención, pues bajó la media
histórica de 40 por ciento a un 25 por ciento.
De acuerdo con los sondeos de opinión, el "chavismo
duro" está en torno al 30-35 por ciento, y en esta
ocasión la expresión de un tercer sector (los ni-ni)
a favor del gobierno, en medio de una votación en la cual
sólo cabía decir Sí o No, podría entenderse
también como un voto castigo a la oposición, o expresión
de dudas ante la falta de propuestas y dirigencia clara por parte
de la opositora Coordinadora Democrática, para llevar a
adelante un gobierno de transición post-Chávez.
Hemos dicho que el país post-revocatorio no parece sustancialmente
diferente al que se tenía antes de la consulta. La oposición
no reconoce el peso político del chavismo y tal como en
acciones anteriores no existe en el seno de la Coordinadora Democrática
un espíritu autocrítico para valorar sus propias
decisiones, necesario para replantearse los nuevos escenarios
de lucha política democrática. En el seno del gobierno
y de sus aliados, se festeja la victoria sin admitir el hecho
relevante que casi la mitad del país está en contra,
y de que su triunfo no tiene que ver exclusivamente con sus capacidades,
sino también con la falta de norte opositor. El discurso
oficialista confunde muy fácilmente mayoría con
hegemonía, y no son lo mismo.
El país post-revocatorio sigue reclamando puentes, diálogo,
inclusión. Fundamentalmente reconocimiento del otro. Una
consulta en sí no iba a lograrlo, se requería (y
aún se necesita) voluntad política de los principales
actores. Más allá de los resultados, la gran demostración
ciudadana del 15 de agosto, con la masiva y paciente votación
de los venezolanos, ha sido decir que la solución de la
crisis debe ser en el marco democrático. Aún se
espera por tal salida.
*Andrés Cañizález.
Director de la revista Comunicación que edita el Centro
Gumilla e investigador asociado del Centro de Derechos Humanos
de la Universidad Católica Andrés Bello.

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