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En el comienzo de toda sociedad, comunidad inicial que hizo esfuerzos
inimaginables para demarcarse de la naturaleza, comienzo que tiene
que ver con el acto inaugural de la subjetividad, la fundación
de lo sagrado, se encuentra como acción fundamental el
acto sacrificial. Patocka dice que ingresamos al umbral de la
religión en el momento mismo que abandonamos el secreto
demoníaco, la experiencia orgiástica. El nacimiento
y la muerte se encuentran en este comienzo; quizás sea
mejor decir la muerte y el nacimiento, porque la muerte es la
pregunta. La misma que no puede ser respondida sino con otra muerte.
Pero, en esta otra muerte tampoco se encuentra la respuesta. No
es que no haya respuesta, sino que la pregunta misma es inconfesable.
La muerte es la conmoción corporal, su periclitación,
pero también su grito vital. El poeta ya lo dijo: El
ser es la herida abierta en el universo de la nada. Podríamos
decir también: La mirada abierta como cuerpo viviente,
sufriente, perdido en el laberinto de su propio pathos.
No hay que dar muchas vueltas para comprender que la vida es dramática.
Los griegos antiguos creían que era trágica, es
decir, paradójica, en el extremo, aporética, contradictoria
y sin solución. Los aymaras, por lo menos, los aymaras
del presente, consideran la vida en el patetismo cosmológico
de la complementariedad y de la muerte. Pero, la muerte también
es un castigo, sobre todo cuando la responsabilidad individual,
la responsabilidad encomendada, no es reciproca con la comunidad.
No robar, sino dar, hacer circular el don, devolver a la comunidad
con trabajo. Entregar entregándose del mismo modo que la
comunidad despliega su virtud en la propia escasez diurna y en
los sueños nocturnos. No se puede traicionar esta delegación,
que no es una delegación formal, como en el caso de la
democracia representativa, sino una transferencia colectiva del
secreto de la comunidad.
¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Cuándo
hemos comenzado a corrompernos tanto, corroídos por la
circularidad dineraria? ¿Vaciados por la falsedad de la
moneda? Hay pues una perplejidad ante el presente. La comunidad
ya no está donde debería estar, se encuentra, como
quien dice, enajenada. Esta alienación de la comunidad
la debilita. No sólo la fragmenta, sino la corroe por dentro,
queda como sin alma. El espíritu de la comunidad, que es
su memoria, está como aterida en las concavidades del olvido.
¿Cómo no rebelarse entonces, no sólo contra
el Estado, sino con sus representantes, nuestros representantes,
quienes terminan siendo monstruos bicéfalos, en el umbral
de los mundos? ¿Es posible soportar la presión simultánea
de las dos lógicas? La lógica clientelar, que es
en verdad la lógica del Estado, y la lógica de la
comunidad, que se supone que es la de la reciprocidad.
Sin querer justificar el comportamiento anfibio de estos dobles
representantes, de la comunidad y del Estado, ante la comunidad
y ante el Estado, lo que hay que desentrañar en lo ocurrido
en Ayo Ayo es de doble procedencia. Por una parte asistimos, en
plena paradoja, a la manifestación del secreto de
la comunidad; por otra parte, y de manera simultánea, a
la manifestación del secreto del Estado. El secreto
de la comunidad es el sacrificio inicial y el secreto del Estado
es el robo. El primer secreto es un enigma, podríamos
decir metafísico; en cambio el segundo secreto, que transcurre
en la experiencia cotidiana, es como un pacto cómplice.
Ciertamente, la corrupción y la corrosión moral,
comenzó hace mucho tiempo, casi siempre ha sido tolerado
e ignorado. Sin embargo, hay situaciones, cuando las expectativas
sociales en el presente son grandes, cuando el momento se convierte
como en un tiempo sagrado, pues anuncia cambios, y es cuando no
se puede traicionar a la esperanza de todos. Esto es más
que traición, es un etnocidio.
¿Quién tiene que explicar el ajusticiamiento del
alcalde Benjamín Altamirano? ¿Es qué se tiene
que explicar? Esto es como pedir una justificación en tiempos
de emergencia. La racionalidad de los medios no aguanta la aplastante
fuerza del dramatismo humano, de la condición humana de
la multitud en acción. Pues cuando actúa la comunidad
lo hace con el peso de su propia angustia acumulada, que se resuelve
en catarsis violenta. La violencia cristalizada en los huesos
de los dominados explosiona, se expande en el espacio o se sintetiza
en un cuerpo. En este caso ocurrió lo segundo. ¿Qué
hay en el medio de esta acción? El entramado de la violencia
grupal y colectiva parece mostrar su propia gestación,
cabildos, reuniones de grupo, estratificaciones y confrontaciones
entre pueblo y comunidades, vecinos y campesinos, entre ayllus
y sindicatos, la lucha de clases en el campo. Hay por lo tanto
una mezcla de procedimientos, la conspiración y la condena,
la participación orgiástica y la distribución
de la culpabilidad. El Estado no puede penetrar en el entramado
de los intersticios de esta gestación, que corresponde
a los vericuetos de la condena, al rutilante desprendimiento del
desenlace, que termina siendo la narratividad de la muerte.
El dilema de los medios de comunicación es inocente; se
mueve entre los que suponen una justicia comunitaria y los que
niegan que esto haya ocurrido. ¿Sobre qué base se
discute esta disyuntiva? Las analogías y las diferencias
frente a un modelo inventado. La comunidad no es una sola, sino
múltiple, sus formas de justicia no pueden responder a
un esquema hipotético, sino que se trata de plurales formas,
dependiendo del tema, del contexto, del momento. Lo que importa
en este caso es el momento. Hablamos de la crisis y de un momento
crucial de la crisis. Toda crisis es a la vez una diseminación,
pero también es un proceso de constitución. La emergencia
entonces requiere de disponibilidad y de una exigencia inusitada
de responsabilidad colectiva. Cuando se está ante los abismos
de la historia, cuando se abre la temporalidad social, mostrando
sus heridas, reiterando sus recuerdos, no se puede retroceder
ente la exigencia, tampoco se puede escapar ante la congoja y
la trama de la muerte. Cuando los comunarios reflexionaron sobre
lo ocurrido presionados por los medios y por los funcionarios
del Estado, construyeron varias explicaciones, una de ellas tiene
que ver con los antecedentes, con todas las gestiones que se hicieron
ante las autoridades pertinentes, gestiones que terminaron diferidas
en los recovecos de las oficinas burocráticas, gestiones
frustradas. ¿Falta de atención o descripción
repetida del mapa estatal, aterido en su propia inoperancia? Otra
explicación sugerente tiene que ver con la historia efectiva,
con la formación del consenso sobre el castigo, los cabildos,
los pleitos antelados, la historia de la recuperación del
gobierno municipal por parte de las comunidades, después
del monopolio de la alcaldía por parte de los del pueblo.
En este último gobierno municipal los partidos tuvieron
poco que ver, literalmente los comunarios se prestaron las siglas
para imponer los nombres escogidos en cabildo. Estos representantes
de la comunidad están sometidos al control social. Por
eso, la gravedad de la contravención radica en esta expectativa
colectiva. La frustración fue más grande que cuando
mediaban los partidos con sus propios nombres y hombres, de quienes
se saben que están ahí para robar. Aunque esto sea
mal visto, es como una fatalidad, no debe ocurrir pero ocurre,
de todas maneras no es tan grave que cuando las comunidades apuestan
a recuperar espacios perdidos, planifican una especie de reterritorialización
del ayllu. Se puede decir que esto es de alguna manera
imperdonable.
El ajusticiamiento del alcalde está más allá
del bien y del mal, en ese margen de historicidad,
en este excedente de historicidad, donde no alcanza el corto brazo
de la ley. En todo caso la violencia es la madre de toda ley.
Hay pues una especia de amnesia de la ley, la misma que se ha
embargado en el olvido, a propósito de su crimen inaugural,
anula su propia memoria, no puede confesar su propio secreto.
Estamos ante el nudo de varios caminos. En algunos de ellos no
hay retorno, particularmente en uno de ellos, que conduce por
el recorrido de una subversión permanente. Otros, en cambio,
se mueven en espacios de mediaciones, donde son posibles las transacciones,
las negociaciones, hasta las traducciones e incorporaciones de
unos códigos en otros, de una forma de justicia en otra.
¿Cuál de los recorridos se ha de escoger? ¿Hacia
cual nos lleva la secuencia de los eventos? Todavía los
actores siguen jugando distintos roles, es posible todavía
escoger, antes del corte, cuando ya no sea posible retroceder.
Todavía es posible la comunicación entre Estado
y sociedad, entre Estado y comunidad, todavía el Estado
en su propia crisis, en su propia diseminación, tiene la
oportunidad límite de comprender la necesidad de su sacrificio
en aras de otro pacto inaugural, uno inclusivo de lo comunitario,
todavía es posible que las comunidades, emergentes, movilizadas,
replegándose en sus ciclos largos y en sus lapsos cortos,
puedan abrirse a una hermenéutica comprensiva con lo rescatable
del Estado, que es la nación en constante nacimiento, a
partir de su matriz formativa inhibida por las dominaciones excluyentes.
Este todavía es una asamblea constituyente constitutiva,
supeditada al poder constituyente de la multitud.
Hibridez social, política, económica y dualidad
cultural
Se especula mucho sobre la dualidad de dos mundos, el andino
y el mal llamado occidental. No sólo este equivoco
nombre tiene que ver con el hecho de que los andinos nos encontramos
al occidente de lo que se denomina como mundo occidental. Somos
el extremo oeste del sur del quinto continente, denominado con
posterioridad América. Sino porque la cultura occidental,
como cultura homogénea, no existe. Asistimos desde el siglo
XVI a procesos complejos de mundialización y de diferenciación
social y cultural. La mundialización se dio quizás
con mayor rapidez en el campo económico, extendiéndose
con mayor dificultad en el campo social, donde mas bien asistimos
a la mezcla de esquemas de comportamiento, matrices de conducta
social, flujos de resignificación social. Esto no quiere
decir que los sistemas de valores culturales no se hayan mantenido
y preservado con mayor suerte que las formas sociales y las estrategias
económicas. Tal parece que la memoria de las lenguas, la
semántica y la somatización de las comunicaciones
sociales, se mantienen con mayor persistencia, resistiendo a los
cambios, aunque tampoco dejen de variar y de transformarse, adecuándose
a los nuevos contextos históricos. Las mezclas sociales
se han dando entonces como parte de los procesos de diferenciación,
exclusión, y extravagantemente, de integración.
Hablamos de una mundialización económica, como mercado
mundial, desarrollándose según sus delimitaciones
regionales y locales. Esta mundialización compleja y diferencial,
no destruye las formaciones sociales nativas, como se podría
creer, al contrario, las mantiene, subsumiéndolas a estructuras
articuladoras que amarran estrategias sociales, buscando lograr
su funcionalidad a los expansivos procesos de valorización
del capital. Entonces hablamos, por un lado, digamos en la matriz
económica, de una expansión acumulativa centralizante,
por otro de una mestización de las formaciones sociales.
Las lenguas, los lenguajes, aunque son afectados, tienden a diferir
los efectos de los procesos integrantes. En este caso, se opta
más bien por los bilingüismos y las estratificaciones
de las lenguas. Los sistemas de valores son mas bien reiterativos
y repetitivos. Se trasladan casi incólumes de un mundo
a otro. Sirven como base a interpretaciones y a hermenéuticas
culturales.
Por eso es discutible hablar de dos formas de justicia, la comunitaria
y la estatal, como si fuesen antagónicas. Si nos restringimos
todavía a la interpretación oficial, vemos que en
el campo jurídico, la justicia comunitaria ha sido absorbida
y supeditada al cuadro de las normas vigentes. Si nos desplazamos
a interpretaciones mas antropológicas, que pretenden una
defensa de la justicia comunitaria, vemos también que en
este caso ya se parte de un concepto transformado de justicia,
al hablar de comunidades que se encuentran en un mapa social,
recorridos por fuerzas diseñadas en cartografías
de poder nacionales. Hablar de justicia, en el sentido construido
por la historia del derecho ya es partir de un suelo colonizado.
Para poder elucidar la cuestión es menester salir de estos
estrechos conceptos. La discusión debe trasladarse a los
substratos éticos y valores inherentes a los fundamentos
imaginarios de las formaciones culturales. El horizonte transhistórico
es la ética, entendida como substrato imaginario constitutivo
de las hominizaciones y humanizaciones diferenciales.
La ética como el ser ante la muerte. Jacques Derrida
habla de dar la muerte (1). Esto es, del
modo de darse la muerte. La forma de asumir la responsabilidad
ente la muerte, que también quiere decir, el modo de individualizar
la conversión y la transformación de la experiencia
colectiva del sacrificio. En la historia de la colonización,
la persecución inquisidora de las idolatrías han
buscado acabar con el sacrificio y el rito orgiástico de
las comunidades politeístas. Lo que ha ocurrido es que
estas prácticas se refugien en la sombra y en el secreto.
Cuando emergen, irrumpen como catarsis social, en plena crisis
de las formas ideológicas.
Descripción del Drama
Ayo Ayo vuelve a la memoria colectiva. No es la primera vez que
lo hace, su recurrencia en la historia es reiterativa. En la Guerra
Federal (1898-1900) el cantón forma parte de los campos
de batalla, donde se enfrentaban el ejército unitario,
con su Estado Mayor en Sucre, la capital y la sede de gobierno
de entonces, y el ejército federal, con su Estado Mayor
en La Paz. Entre el primero y el segundo había una diferencia
cuantitativa, debido al número de efectivos, y una diferencia
cualitativa, debido a la experiencia de sus oficiales, en detrimento
de los liberales. Sólo se podría hablar de ejército
en el caso de los liberales, de una manera figurativa, pues se
trataba más bien de una armada improvisada, en comparación
con el ejército oficial del Estado nacional. Estas diferencias
se compensaban, sin embargo, debido al apoyo de la abrumadora
guerrilla indígena. En la década de los setenta
Ayo Ayo va a ser el punto de confluencia del movimiento katarista.
En este poblado se da lugar una gran concentración indígena
y campesina (1978), que encarna y proclama el primer proyecto
político y cultural indígena del siglo XX. En Ayo
Ayo nació Tupac Katari, el carismático líder
aymara de la gran rebelión anticolonial del siglo XVIII;
por eso, después de la gran convocatoria katarista, de
resistencia a la dictadura militar del General Banzer, en la memoria
corta, y de actualización de antiguas luchas, como la de
los ayllus, aymaras y quechuas, en contra da la gran máquina
colonial heredada, en la memoria larga, se deposita el monumento
del héroe aymara anticolonial en esta localidad. A cuatro
años del nuevo milenio (junio de 2004), es en Ayo Ayo donde
se ajusticia al Alcalde Altamirano, quemando y colgando su cuerpo
cerca del monumento, en plena plaza principal del pueblo. ¿Cuáles
son las condicionantes, determinantes y concomitantes de este
desenlace?
Nota
1. Jacques Derrida: Dar la Muerte. Paidos 2000,
Barcelona
*Raúl Prada Alcoreza.
Docente e Investigador. Coordinador del Doctorado en Epistemología
de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno.
Integrante del Colectivo de Investigación La Comuna.
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