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Las cartas, finalmente, han sido puestas sobre la mesa después
de un proceso lleno de incertidumbres, dificultades y tensiones.
La sangre no llegó al río, pues la violencia tuvo
signos aislados, y así las cosas caminamos hacia el 15
de agosto, fecha pautada para la realización del referéndum
revocatorio para el mandato del presidente Hugo Chávez.
Tras el proceso de reparos, entre el 28 y 30 de mayo, el Consejo
Nacional Electoral (CNE) validó 2'541.636 firmas, con lo
cual 105.553 rúbricas estuvieron por encima del 20 por
ciento del electorado, que era el mínimo necesario para
que se activara la consulta. Teniendo el referéndum a la
vuelta de la esquina existen, desde nuestra perspectiva, al menos
cuatro aspectos centrales en este crucial momento político.
La derrota es de los radicales
Sin duda, las cifras definitivas dadas por el CNE no se ciñen
a los cálculos previos de los dos principales actores políticos
del país. La opositora Coordinadora Democrática
trabajó en función de un "colchón"
de firmas mucho más holgado, que simbólicamente
le permitiera exhibir una contundente victoria. La meta de alcanzar
en el proceso de recolección de firmas una cifra igual
o superior a los votos con los cuales fue electo el presidente
Chávez (3,8 millones), no se alcanzó. A esto se
suma el desgaste político que sufrió la oposición
durante medio año, tiempo sumamente largo entre las jornadas
de recolección de firmas y finalmente la confirmación
de convocatoria para el referéndum.
El gobierno, por su parte, puso en marcha diversas estrategias,
algunas de ellas negadoras del derecho a la participación
política (como los despidos y presiones laborales a los
firmantes), que por un lado intentaron deslegitimar el proceso
de recolección de firmas desde el principio, y posteriormente
se buscó revertir el logro de la Coordinadora Democrática,
con la convocatoria del referéndum, escenario al cual no
deseaba llegar el sector oficial.
En una perspectiva democrática, la convocatoria a un referéndum
en realidad significa una clara derrota para los radicales de
lado y lado. En las filas de la oposición de forma sistemática
se pronunciaron voces, no mayoritarias por suerte, llamando a
abandonar el proceso de negociación política que
ha desembocado en esta consulta, y pasar a otras formas de lucha.
En el seno del chavismo, aún después de conocerse
la decisión del jefe de Estado de reconocer la decisión
del CNE, algunos clamaron por no darle validez a lo que se calificó
de un fraude. Llegar a la convocatoria no ha sido un camino fácil,
pero era el único viable para darle piso a la posibilidad
de que la crisis actual sea superada en un marco democrático
y constitucional.
De forma insistente, en los últimos meses, se vinieron
haciendo vaticinios sobre el momento en el cual el presidente
Chávez le daría una patada definitiva a la mesa
del juego democrático. Las primeras señales después
de los reparos nos indican que -al contrario- tendremos, en estas
semanas previas al 15 de agosto, a un Chávez en buena forma
política para hacer lo que mejor ha hecho hasta ahora:
campañas electorales. Esto representa un serio reto para
la opositora Coordinadora Democrática, en cuyo seno la
cercanía de una elección presidencial enciende pasiones
de todo tipo, y esto podría incidir como ha pasado en momentos
recientes de nuestra historia para que afloren diversidad de agendas
políticas, perdiéndose de vista la meta central:
el referéndum revocatorio.
La meta no puede ser contarnos
Convertir al referéndum en mero mecanismo para reflejar
cómo está polarizado o dividido el país no
tiene un sentido político de largo aliento. El proyecto
de país que de forma equivocada ha pretendido implantar
el presidente Chávez es ya conocido por la sociedad venezolana,
y si se alcanza la cantidad necesaria de votos, para que deje
el poder, será una clara señal de que no era ese
el camino para alcanzar la meta de nación. Sin embargo,
en la acera de enfrente encontramos como opción un gran
signo de interrogación: ¿Cuál es el proyecto
de país que ofrece la Coordinadora Democrática en
caso de que se desaloje democráticamente a Chávez
de la presidencia?.
Caminamos a tientas y eso justamente ha hecho crecer un tercer
sector que será decisivo en la consulta. En esos, que en
algún momento los estudios de opinión pasaron a
denominar "ni-ni" (según las diferentes encuestas,
entre 30 y 40 de los venezolanos se autodefine por la negación
de poner distancia a uno u otro bando, por lo que han sido bautizados
como "ni-ni", ni chavista ni de oposición), está
precisamente el fiel de la balanza para inclinarse hacia un lado
u otro en la próxima consulta. Desde esa dimensión
hace falta llenar de sentido político y democrático
al referéndum. Sí, es una manera de contarnos, de
reflejar cómo y en que medida se transformó la opinión
política del venezolano en los últimos tres años.
Pero al mismo tiempo, la nueva estadística electoral que
emane de las urnas representa una posibilidad de consolidar la
democracia, entendiendo a este sistema no sólo como el
gobierno de las mayorías, sino justamente aquel en el cual
se respetan a las minorías. Además, en un contexto
tan particular como el nuestro cabe recalcar que se trata de construir
convivencia entendiéndonos diferentes.
La meta del referéndum no puede ser exclusivamente contarnos,
pues terminará reflejando lo que en el fondo ya sabemos,
nos arrojará cifras sobre una polarización que vivimos
cotidianamente. Se trata de que la consulta sirva de trampolín
para impulsarnos a otro escenario de interacción política
en la cual se den pasos ciertos -desde el ejercicio del poder,
desde los espacios ciudadanos- para despolarizar el debate socio-político
venezolano.
Observados por suerte
La experiencia de los reparos nos deja como aprendizaje la necesidad
de contar con observadores internacionales. Está claro
que técnicamente en el país se cuenta con la necesaria
experticia, pero requerimos de ojos foráneos debido a que
la consulta ocurrirá en medio de la polarización
en la que estamos, en la cual cada lado político desconfía
completamente del otro, unido a una rápida deslegitimación
del árbitro electoral -producto justamente de lo primero-,
y teniendo como trasfondo social una expectante sociedad que ve
en el referéndum la necesaria "taima" política.
De forma más preocupante, existen indicios de la preparación
para "otros escenarios" (violentos, sin duda), de actores
hasta ahora minoritarios de los dos sectores políticos
más enfrentados.
Durante las jornadas realizadas entre el 28 y 30 de mayo, se
hizo evidente que la intervención personal de Jimmy Carter
y César Gaviria -incluso actuando más allá
del rol exclusivamente de observación-, fue determinante
para destrabar ciertos nudos políticos. Los días
de tensión que se vivieron en Venezuela, debido a la falta
de información oficial inmediata por parte del CNE, fue
un escenario para que tanto Gaviria como Carter sostuvieran diversos
contactos y allanaran las cosas para que ahora tengamos el referéndum
a la vuelta de la esquina. Básicamente estos actores internacionales
alcanzaron el compromiso del presidente Chávez de aceptar
la consulta, de parte de la Coordinadora Democrática la
palabra de actuar pacíficamente en el tensa espera y de
respetar las cifras definitivas del ente electoral. No se trata
de poca cosa, dado el clima que se vivía, de las presiones
internas en cada sector político y de las expectativas
-diversas, como somos- que tiene la sociedad en torno a la consulta.
Para el proceso previo y la realización en sí del
referéndum resultará de vital importancia la presencia
de los observadores internacionales. Los factores que hicieron
indispensable su trabajo durante los reparos, ahora estarán
potenciados a mediados de agosto por una campaña electoral
en la cual cada sector político vive una especie de batalla
final. El cuestionamiento que sectores gubernamentales han hecho
al papel jugado por la Organización de Estados Americanos
(OEA) y el Centro Carter no debe dar a pie a suspender la veeduría
foránea en tan importante proceso. Al contrario, el cuestionamiento
oficial a estas entidades podría tomarse como una oportunidad
para que no actúen en solitario y así otros actores,
tal como la Unión Europea, consejos o cuerpos electorales
de América Latina y organizaciones no gubernamentales especializadas
en esta área, puedan tener un rol activo.
La presencia activa de miradas internacionales, a nuestro modo
de ver, ha sido factor determinante para que hasta ahora el escenario
de una violencia desatada, por causas políticas, no haya
sido tal. Tanto gobierno como oposición comprenden cabalmente
que la comunidad internacional está vigilante y dispuesta
a emplearse a fondo en caso de ser necesario, como lo demostró
durante el proceso que desembocó un año atrás
con el acuerdo entre los dos actores políticos en pugna.
Nos vemos el 16 de agosto
Acá reside el nudo central, que a muchos nos da vueltas
en la cabeza, en estas semanas previas al referéndum: ¿Cómo
amanecerá el país el 16 de agosto, una vez que se
conozcan los resultados?. En relación con la divulgación
de los resultados, se debe tomar la palabra del rector Jorge Rodríguez
quien ha asegurado que gracias a la automatización se podrán
conocer dos horas después del cierre de mesas. Como hemos
dicho en párrafos anteriores, si el referéndum sólo
se mira en el terreno de las matemáticas electorales, estaremos
entonces en el mismo punto, la sociedad está polarizada,
la mayoría que se evidencie en las urnas pese a serlo no
puede prescindir del otro sector importante del país. Una
vez conocidos los resultados, el primer y significativo paso de
quienes obtengan la victoria será no acorralar a los derrotados,
sino genuinamente abrir una mano para encontrarse con esa otra
parte, tan legítimamente venezolana y necesaria para hacer
país.
El referéndum estará precedido de semanas en las
cuales al fragor de la campaña electoral se cruzarán
insultos, descalificaciones, exclusiones. El 16 de agosto nada
de esto debería tener sentido, pero si una vez conocidos
los resultados el debate político del país sigue
anclado en esos parámetros, entonces no habremos aprendido
la lección y habremos perdido al referéndum como
una oportunidad de fortalecimiento democrático.
*Andrés Cañizález.
Director de la revista Comunicación que edita el Centro
Gumilla e investigador asociado del Centro de Derechos Humanos
de la Universidad Católica Andrés Bello.
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